Juan-Pablo Calderón Patiño
De forma caprichosa, entre playas, manglares, bocas de laguna que besan al mar, acantilados y montañas —una de ellas, ancestral sepulcro totonaca, que mira al cielo en el descanso eterno de los muertos—, serpentea la costa del Golfo de México.
El mar, agitado por el norte, no mece a las embarcaciones invasoras: agredido, se convierte en herramienta contra el enemigo. Efluvio de la defensa de los débiles, el viento hace danzar una tensa calma que va labrando, en la mente fría del general, su oficio: el que no oprime ni juzga, sino actúa en esa definición que llaman patriotismo. Sabe que un desembarco —el más mínimo, una sola barcaza del acorazado principal, con los cañones apuntando a la costa nacional— es más que una afrenta. Una paz humillada no es paz: es delirio de perdedor y eco que destroza la línea de flotación de un Estado vapuleado por la conspiración, la que lo mismo nace del otro lado del océano que de la garganta de quien no podemos ni queremos imitar: el Vecino del Norte.
De pronto llega una comunicación del almirante enemigo. El general respira con pausa, para conservar el aplomo en la emergencia. Con la mirada clavada en los navíos —esos destructores de metal venidos de la costa este del Atlántico Norte— no deja de pensar: Esos marines vienen, como el general Pershing, a entrenarse en México, para que después, cuando su comandante en jefe abandone la neutralidad, vayan a guerrear a una Europa que el fuego consume en el laberinto de la Primera Guerra Mundial.
El general se sacude la pañoleta, limpia los anteojos y lee el cable: «Me toca salvaguardar las propiedades y las vidas de los conciudadanos de mi patria. Por tal motivo tocaremos tierra al alba, y espero que Su Excelencia otorgue las facilidades necesarias para el cometido que me han indicado mis superiores desde Washington, D. C.». El general veracruzano hace una pausa ante el equipo que lo rodea. Sus hombres leales le clavan los ojos: esperan, más que órdenes, sosiego y confianza en las que podrían ser las últimas horas de vida. En unos segundos largos —los que aquilatan valentía y estrategia, la cabeza fría para salvaguardar a la patria, aún sin cumplir una centuria y ya marcada por diversas invasiones del exterior— da la orden:
— Ponga el siguiente cable de respuesta al invasor de barras y estrellas, para que entiendan de una vez lo que se juega.
«Señor almirante: las vidas y propiedades de sus connacionales están y estarán resguardadas por las leyes de México y por mi propia autoridad en la zona militar a mi cargo. Tenga la seguridad de que, al primer pie de su desembarco, prenderé fuego a todos los pozos petroleros y haré traer el infierno a esta costa que ya invaden; y a cada uno de ustedes me veré en la necesidad de pasarlos por las armas. Atentamente, general Cándido Aguilar».
Pocas horas después empezaba el viraje de la flota no hacia los puertos de Galveston y Nueva Orleans, sino al Puerto de Veracruz donde la gesta jarocha logró convertir en cuatro veces heroica la principal puerta de México. Se protegía al país y al movimiento revolucionario de lo que pudo ser el inicio de otra invasión armada del poderoso vecino, que comprendió cuán contraproducente sería una nueva aventura expansionista encima de zona petrolera.
Siempre convulso, en la cadencia de sus movimientos amenazadores, aprender a vivir con el fuego ardiente a flor de piel era la ocasión para despertar una gesta. Gesta que supo comunicar el comandante de la zona, después hombre de la diplomacia.
En esa oleada de la Historia, la única convergencia hacia el futuro sigue siendo —diría Benito Pérez Galdós de nuestros «episodios nacionales»— el hallazgo de la valentía, y no un compás pusilánime de espera o de retaguardias que van en el riel de un cabús. Debemos ser la locomotora de nuestra Historia. Siempre existe un momento para ello, y más cuando la amenaza viene del exterior disfrazada de acorazado, muro o arancel.
Nota: El presente texto pretende ser la recreación de una conversación con el padre de mi amigo Benito Hermida, el maestro Ángel José Hermida Ruiz, insigne maestro veracruzano, historiador y hombre de letras. En una espera de juventud me habló del tema sobre el que había escrito. Entre su colección de libros y la vista al jardín del Museo de Antropología de Xalapa, agradecí la lección. La anécdota corresponde al general Cándido Aguilar, jefe de la División de Oriente, gobernador de Veracruz y canciller; constituyente y defensor de los ideales de la Revolución frente a la crisis de corrupción del alemanismo —que, desde otra trinchera, la académica, había puesto en el tintero Daniel Cosío Villegas con su ensayo, La crisis de México—. El almirante estadounidense era Frank Friday Fletcher.
Imagen de Cándido Aguilar: https://es.wikipedia.org/

