Por: Luis Guerrero. Segunda parte
Para desentrañar la potencia política y emancipatoria de las Escrituras desde una filosofía de la liberación, es indispensable revisitar los marcos conceptuales que tradicionalmente han pretendido clausurarlas. Cuando Karl Marx crea su marco categorial y su paradigma para interpretar el capitalismo, se plantea intuiciones que cuestionan directamente la pobreza del obrero, quien es el verdadero generador de la riqueza. El empleo que hace Marx de metáforas teológicas —como el capital como circulación de sangre, la acumulación originaria como el pecado original o el plusvalor como creación de la nada— demuestra esta conexión profunda.
Marx pone en el centro la satisfacción de las necesidades básicas: comer, beber, vestir y habitar; es decir, la producción y reproducción de la vida material. Esta centralidad de la vida se encuentra en plena concordancia con el mensaje de Jesús y otras tradiciones ancestrales, las cuales colocan la reproducción de la vida como la condición indispensable para la libertad. Para comprender la potencia política de este mensaje, es necesario revisar cómo se distorsionó a lo largo de la historia.
No se obvia el enorme poder que ostentó la cúpula eclesiástica durante el medievo europeo, construyendo un discurso justificador del poder político en turno. Aquella estructura estaba muy distante del cristianismo del primer siglo, el cual era frecuentemente perseguido por anunciar el Reino de Dios en favor de los pobres y excluidos; una comunidad cuya resistencia se enfrentó al orden político-religioso que justificaba al Imperio romano. Sin embargo, con el emperador Constantino I, el movimiento se entrelaza con el poder político y se transforma en religión de Estado.
En ese punto histórico ocurre la mutación: se pasa del cristianismo a la cristiandad. Es esta misma naturaleza de la cristiandad la que, siglos después, justificó y apoyó la conquista de América Latina, actos de violencia por los que los pontífices contemporáneos han tenido que pedir perdón. Esta disputa por el sentido político de las Escrituras sigue vigente en la teoría contemporánea. Un ejemplo claro es Carl Schmitt, quien en “Teología política” recupera de la segunda epístola a los Tesalonicenses la categoría del Katechon: “el que retiene” o “el que frena”. Schmitt la interpreta como un orden histórico —el Estado o el Imperio— que evita la catástrofe social, utilizándola como una forma de legitimación de un orden de dominación estatal.
Sin embargo, para Pablo de Tarso, que escribe desde comunidades sometidas al orden imperial, ese orden representaba una persistente opresión. Por ello, desde la filosofía de la liberación de Enrique Dussel, el Katechon adquiere un significado opuesto: representa la fuerza opresora que se opone a la plena realización de la justicia, la fuerza que frena la caída de la ley injusta y perpetúa la autojustificación del sistema vigente. El verdadero horizonte paulino no es la conservación del Imperio, sino la constitución de una comunidad seguidora del Mesías que desfonda, desde abajo, la legitimidad de la dominación romana. Mirar las Escrituras desde esta hermenéutica simbólica permite entender que la verdadera crisis actual no es una “anomia” entendida como la simple falta de leyes o por la
ausencia de un Estado fuerte que actúe como freno. El problema ético que Dussel ayuda a desvelar es que el sistema vigente opera bajo una legalidad institucionalizada que normaliza la exclusión. Cuando las leyes producen víctimas y hambre, el orden normativo está éticamente corrompido, cayendo en una anomia sistémica donde las reglas ya no protegen la vida. Desatar el poder del símbolo en la filosofía política actual no es un ejercicio de nostalgia religiosa, sino una praxis de liberación: un llamado a desestabilizar las narrativas dominantes para volver a colocar, como principio irrenunciable de toda política, la producción y reproducción de la vida humana en comunidad.

