Por: Luis Guerrero. Tercera parte.
En la primera entrega de esta serie señalamos la relevancia de leer la Biblia como una narrativa racional —porque aporta razones y sentidos— basada en símbolos. Argumentamos que el lenguaje simbólico posee la cualidad de ser interpretado históricamente, permitiendo una diversidad de lecturas de las cuales rescatamos elementos conceptuales y categoriales para la filosofía política del presente.
Esta lectura aborda las Escrituras como un diagnóstico crítico y una acción teórico-práctica; es decir, como la expresión de una hermenéutica religioso-política que produjo una transformación del orden histórico frente al Imperio romano, e incluso frente a determinadas interpretaciones legalistas de la Ley dentro del propio mundo judío del siglo I que no comprendían la función mesiánica de Jesús.
Es pertinente señalar que, al ser considerado Jesús el mesías —término cuya raíz semántica proviene del griego khristós, “el ungido”, entendido como la práctica de aplicar aceite para distinguir a una persona escogida por la divinidad—, sus seguidores fueron posteriormente denominados cristianos. Sin embargo, desde una lectura filosófico-política del mesianismo, pueden comprenderse como una comunidad mesiánica: aquella que impulsa “el acontecimiento”.
Entendemos por esto la irrupción histórica del pueblo como sujeto político, una voluntad colectiva que se constituye como poder frente al orden establecido con entusiasmo, certeza, esperanza o, más precisamente, con fe. En términos de Enrique Dussel, se trata de la emergencia de la potentia del pueblo, el poder originario de la comunidad política que, al organizarse, puede instituir nuevas mediaciones históricas.
En términos actuales, esta comunidad se vincula con el pueblo como sujeto ético-político que mantiene vivo el principio liberador de las víctimas frente a sistemas como el esclavista-oligárquico del Imperio romano o el capitalismo contemporáneo con su producción estructural de pobreza. Para Antonio Gramsci, estos sujetos pueden comprenderse como los intelectuales orgánicos que impulsan la transformación de la vida pública.
En el evangelio de Pablo, “el acontecimiento” se condensa en la vida, muerte y resurrección de Cristo (1 Corintios 15:3-8). Se trata de Jesús, cuya praxis en favor de las víctimas alcanza su punto culminante en la cruz y recibe su confirmación definitiva en la resurrección, dando origen a la comunidad mesiánica.
Este acontecimiento rompe las identidades jerárquicas establecidas: judío/griego, esclavo/libre y hombre/mujer, fundando un universalismo basado en la fidelidad a dicha interrupción histórica. Al relativizar las categorías del orden imperial romano desde la perspectiva de las víctimas (Gálatas 3:28), plantea la igualdad de dignidad de quienes participan en este proceso.
Este movimiento tiene su antecedente en el Éxodo de Moisés: el tiempo de los oprimidos. Los esclavos en Egipto, ante la injusticia de un sistema que no los reconoce como personas sino como objetos de dominio, claman justicia en medio de su sufrimiento cotidiano.
Al ser escuchados por Dios, se inaugura el tiempo de la promesa expresada en la alianza: “yo seré su Dios, y ustedes serán mi pueblo”. La lectura filosófica de este pasaje revela un mensaje profundamente político: ante la existencia de víctimas producidas por un sistema económico-político, emerge la promesa de liberación.
La tierra prometida funciona como un horizonte utópico; no como un logro inmediato, sino como un caminar guiado por la esperanza, condicionado a mantenerse unidos para atravesar un “desierto”, entendido como un tiempo de peligro, aprendizaje y transformación. El comienzo de esta marcha se expresa en la negación de la ley opresora del Faraón para, posteriormente, crear un nuevo orden: la Torá.
Dicha Ley debe entenderse como una mediación para la vida. La Torá nace para proteger a un pueblo liberado y evitar que vuelva a caer en la esclavitud. Jesús mismo la reconoce en Mateo 5:17 al afirmar: “No piensen que he venido a abolir la Ley o los profetas; no he venido a abolir, sino a darles plenitud”.
Con ello, Jesús cuestiona las interpretaciones legalistas de su época que habían olvidado el propósito liberador de la alianza y el verdadero sentido de la norma como expresión de justicia, misericordia y fe. Desplegar el alcance de esta disputa entre la rigidez normativa y la primacía de la existencia humana nos conducirá, en nuestra última entrega, a desvelar los mecanismos mediante los cuales el sistema vigente fetichiza la ley para sacrificar la vida.

