Por Luis Guerrero: tercera parte
En las anteriores entregas nos acercamos al pensamiento freudiano desde dos perspectivas complementarias. Primero exploramos la primera tópica —consciente, preconsciente e inconsciente— y después la segunda —Yo, Ello y Superyó—. Esto nos permitió comprender que nuestra vida psíquica no se limita a aquello de lo que somos conscientes. En su interior existen deseos, prohibiciones y conflictos que difícilmente podemos reconocer de manera directa. Para Freud, el sueño no es una formación azarosa o caótica; al contrario, tiene un sentido, aunque este no sea de comprensión inmediata. Para entender cómo podemos acercarnos a ese sentido, es útil revisar algunas tradiciones de interpretación de los sueños reconocidas en la historia, comenzando con el sueño del faraón que señalamos en la primera parte.
El contenido manifiesto del soberano egipcio, revelado de manera sucinta en el texto bíblico, implicaba a siete vacas gordas y siete vacas flacas; estas últimas terminaban por devorar a las primeras. Asimismo, tras despertar y experimentar un segundo sueño, el faraón narra que vio siete espigas llenas y hermosas, y siete espigas menudas, todas de una misma caña; las menudas devoraban a las llenas. La interpretación de José —quien anuncia siete años de abundancia seguidos de siete años de escasez en Egipto— es aceptada por el faraón para tomar las previsiones necesarias y evitar el hambre del pueblo.
Este procedimiento aborda el sueño en su conjunto, de manera global o alegórica, otorgándole un significado general. Freud identifica esta modalidad como un método simbólico. Se trata de un procedimiento que no sigue una técnica rigurosa y que depende, en buena medida, de la intuición o inspiración del intérprete.
Por otro lado, el sueño de Alejandro Magno durante el asedio a la ciudad isleña de Tiro (332 a. C.) nos permite conocer el llamado método descifrador. Aquí el sueño ya no es tomado en su conjunto, sino que se descompone en partes o elementos individuales. Ante el contenido manifiesto de Alejandro, quien contó que había soñado con un sátiro —espíritu menor de la naturaleza en la mitología griega, representado como mitad hombre y mitad cabra—, el intérprete tomó ese único elemento aislado. Al buscar asociaciones para el emperador, obtuvo como respuesta “Tiro es tuya”, resultado de un juego lingüístico con la palabra griega sátyros. Este desciframiento animó al conquistador, quien finalmente logró tomar la ciudad.
Frente a estos modelos históricos, Freud propone en La interpretación de los sueños (1900) un camino fundamentalmente diferente. En lugar de imponer desde fuera un significado general o descifrar cada elemento mediante un código establecido, se interesa por las asociaciones del propio soñante. La asociación libre consiste en invitar al paciente a decir aquello que pasa por su mente, dejando de lado el orden lógico, la coherencia o la censura que habitualmente intentamos imponer a nuestros pensamientos. No importa si lo relatado genera vergüenza, parece irrelevante o se considera una tontería. Lo importante es escuchar qué recuerdos, pensamientos, deseos y afectos despierta cada elemento del sueño en quien lo soñó.
El sueño comienza así a revelarse no como un acertijo que alguien externo debe descifrar, sino como una formación psíquica cuyo sentido se encuentra ligado a la historia singular del sujeto. De ahí que Freud sostenga que el propio soñante proporciona, mediante sus asociaciones, el material necesario para avanzar en la interpretación. La asociación libre genera el contexto discursivo que permite otorgar sentido a los elementos del sueño.
Conviene aclarar que esta explicación constituye también un esfuerzo didáctico: no se pretende reducir la complejidad del método psicoanalítico a una simple técnica para interpretar sueños, sino mostrar de manera accesible cómo Freud se aparta de la idea de que existe un diccionario universal de símbolos oníricos —entendidos como imagen, objeto persona o situación que aparece en el sueño—
Sin embargo, el análisis de estas formaciones no es un simple ejercicio intelectual; forma parte de un proceso terapéutico orientado a abordar el sufrimiento psíquico y los conflictos que atraviesan al sujeto. Ese laberinto clínico —en el que intervienen la pulsión, la prohibición, el deseo, la realidad y la cultura— será abordado con mayor detalle en nuestra próxima entrega.
Hasta pronto
Imagen: El sueño del caballero o La vida es sueño, cuadro del pintor barroco Antonio de Pereda expuesto en la Academia de San Fernando, Madrid. https://es.wikipedia.org/

