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El A B C de los Sueños: Una Interpretación. El trabajo del sueño: cuando el deseo se disfraza

Por Luis Guerrero. Sexta y última parte.

Tanto el síntoma como el sueño comparten, desde la perspectiva freudiana, una misma lógica de formación de compromiso. Ambos pueden recurrir a procesos inconscientes para dar una expresión sustitutiva a aquello que no puede acceder directamente a la consciencia. Pero el sueño posee una particularidad decisiva: durante el dormir disminuye la posibilidad de descarga motriz y se modifica la relación del aparato psíquico con la realidad exterior.

El sueño aprovecha ese reposo para traducir determinados pensamientos y deseos en imágenes vivas. Por eso, cuando despertamos, podemos recordar personas, lugares y situaciones que parecen no guardar relación entre sí. A veces aparecen escenas imposibles; otras, personas conocidas ocupan lugares inesperados. El resultado puede parecernos absurdo. Para Freud, sin embargo, ese aparente absurdo tiene una lógica.

Lo que recordamos al despertar constituye el contenido manifiesto del sueño. Detrás de él se encuentran los pensamientos latentes del sueño, vinculados con deseos, recuerdos, preocupaciones y representaciones -ideas- que no aparecen directamente en la consciencia. La transformación de esos pensamientos en las imágenes y escenas que finalmente recordamos constituye lo que Freud denomina trabajo del sueño. Aquí aparecen los “obreros” de nuestra actividad onírica: la condensación, el desplazamiento y la figurabilidad.

La condensación reúne en una sola representación elementos que, en la vida consciente, permanecen separados. Por eso, en un sueño, un personaje puede tener rasgos de varias personas conocidas, o una situación puede concentrar significados diferentes. El desplazamiento, por su parte, permite que la intensidad afectiva asociada a una representación se traslade hacia otra. De este modo, aquello que posee gran importancia psíquica puede aparecer representado por un detalle aparentemente insignificante, mientras que algo secundario adquiere una importancia desproporcionada.

A estos mecanismos se suma la figurabilidad: los pensamientos del sueño deben encontrar una forma capaz de ser representada mediante imágenes. Lo que durante la vigilia podemos expresar mediante palabras o conceptos puede transformarse, durante el sueño, en una escena. Estos procesos no trabajan de manera aislada. Se entrelazan y producen una transformación que hace difícil reconocer, en el contenido manifiesto, los pensamientos que se encuentran detrás de él.

Por eso el sueño puede parecernos tan extraño. No porque carezca de sentido, sino porque su sentido ha sido transformado. Y aquí encontramos nuevamente a la censura. El contenido que no puede acceder directamente a la consciencia no desaparece: encuentra una vía indirecta. El trabajo del sueño modifica, desplaza, condensa y convierte en imágenes aquello que, de presentarse sin transformación, podría despertar la oposición de la censura.

De esta manera, el sueño puede cumplir una función paradójica. Por un lado, permite una satisfacción alucinatoria del deseo; por otro, la deformación del contenido contribuye a preservar el dormir frente a aquello que podría perturbarlo. De ahí la conocida formulación freudiana que observamos en la primera entrega: el sueño es el guardián del dormir, Ahora podemos comprender mejor aquella afirmación.

El sueño no es simplemente una película que nuestra mente proyecta mientras dormimos. Es el resultado de un trabajo psíquico que transforma pensamientos latentes en imágenes manifiestas y que, al hacerlo, permite que deseos y conflictos encuentren una forma compatible con las condiciones del dormir. Pero quedan preguntas fundamentales: ¿cómo podemos recorrer el camino de regreso? ¿Cómo pasar de las imágenes del sueño a aquello que se encuentra detrás de ellas?

Para Freud, la respuesta no está en un diccionario universal de símbolos. Un mismo elemento puede adquirir significados diferentes para personas diferentes. La vía fundamental de interpretación pasa por las asociaciones del soñante: las ideas, recuerdos, palabras, imágenes y afectos que cada uno de los elementos del sueño despierta en quien lo ha soñado. Aquí regresamos al punto de partida de esta serie. Dormimos, soñamos y al despertar encontramos una historia que muchas veces no reconocemos como propia. Pero esa historia no apareció de la nada. Contiene experiencias del pasado.

La interpretación de los sueños consiste precisamente en intentar recorrer ese camino: del contenido manifiesto a los pensamientos latentes; de la imagen a la asociación; de lo que el sueño muestra a aquello que, de manera disfrazada, busca expresarse. Y quizá el verdadero desafío no sea preguntarnos únicamente qué soñamos, sino qué tuvo que ocurrir para que aquello que soñamos pudiera aparecer de esa manera.

Hasta la próxima.

Imagen: El sueño: Pierre Puvis de Chavannes/ https://historia-arte.com/

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