No es fácil, para quien nunca se haya visto en semejante trance, describir ni siquiera concebir la consternación de los hombres en aquellas circunstancias. No teníamos idea de dónde nos hallábamos, ni de la tierra a la que habíamos sido arrastrados. Ignorábamos si estábamos en una isla o en un continente, si habitada o desierta.
Daniel Defoe, Robinson Crusoe
Siempre he sentido una profunda fascinación por las islas: esos territorios que imaginamos a la deriva, navegantes inmóviles o salvación terrenal. Dos de los primeros libros que cruzaron mi mirada y despertaron ese encanto fueron precisamente de esos territorios insulares: Robinson Crusoe y La isla del tesoro. De Defoe a Stevenson: un británico y un escocés a quien la muerte sorprendió prematuramente en una isla del Pacífico Sur, en la lejana Samoa. Ambos insulares, viajeros de letras que, desde la «Pérfida Albión», supieron trasladar a la escritura la aventura de viajar, de sobrevivir y de renacer en la posteridad. Desde la claridad de la infancia, el hechizo de las islas constituye un imaginario generoso, una base para soñar y para aprender a navegar.
La primera isla que divisó mi mirada desde tierra firme fue la de todo pequeño descubrimiento que un niño puede hacer desde el bulevar marítimo del heroico Puerto de Veracruz: la Isla de los Sacrificios. La misma en la que mujeres de presunto venturoso destino eran ofrecidas a los dioses de piedra y jade. La misma que, en el espejo de la muerte, se convirtió en descanso eterno de los soldados franceses caídos durante sus invasiones a México. El aura de misterio que la rodeaba era comparable a la de un libro que uno se resiste a terminar porque intuye un final imprevisible. Resguardada por la Marina Armada, circulaban sobre ella diversas historias. Una de ellas refería que, antes de sentarse al desayuno veracruzano en El Café de la Merced, ciertos nadadores despertaban el alma con la consigna de tocar la playa de aquella diminuta isla y regresar a nado, a veces en finta con los tiburones que, al tomar rumbo hacia la fortaleza de San Juan de Ulúa, se convertían en mortíferos vigías.
Sobrevolando Yucatán, la mirada se perdía en el Caribe turquesa y en el azul más intenso del estrecho; el avión iniciaba su descenso hacia Cuba. En la patria de Martí se diluía la vista mientras las banderas con la insignia cubana ondeaban junto a la hoz y el martillo. Despidiendo mi niñez, gozaba en el trópico el laberinto de la Antilla Mayor. Años después, en el mismo Caribe, la fascinación se posó sobre dos islas menores: Cozumel, antiguo refugio maya, y Aruba, enclave neerlandés frente a las costas venezolanas. La primera, protegida por la muralla acuática del mayor arrecife de las Américas; la segunda, tan serena en su oleaje y en la quietud de sus habitantes que costaba aceptar que un submarino nazi hubiera intentado bombardearla para destruir una refinería que abastecía de combustible a los aliados.
Tan pequeña era Aruba que el enemigo erró el cálculo del proyectil y, por fortuna, éste cayó del otro lado de la isla. Al continuar refinando el crudo venezolano, aquella tierra mínima contribuyó, a su manera, a la victoria sobre el nazismo.
Una isla es, en apariencia, soledad. El océano interminable la abraza y la adopta en el eterno juego de mar y tierra. Por más árida que se presente, la vida se desliza por sus rincones más ocultos. Las islas de abundante follaje y horizonte montañoso rivalizan con su verde perenne los azules náuticos que custodian el cielo: parece una esmeralda que navega entre las aguas. Hoy, sin embargo, las islas enfrentan el desafío de persistir. Groenlandia misma —la isla del hielo eterno que saludamos al cruzar el Atlántico Norte— se halla en riesgo. El calentamiento del clima es la guerra más silenciosa y tenaz que afrontan. Unos metros más de mar, provocados por el deshielo, bastarían para hacerlas desaparecer. Por primera vez, uno de los elementos constitutivos del Estado —el territorio— pone en peligro a las naciones insulares de las generaciones venideras. Tal es la magnitud de la deuda que la naturaleza cobra a la vulnerabilidad humana. Los paraísos de Maldivas y Seychelles, entre tantos otros, corren idéntica suerte.
Las islas pueden ser el último reducto de esa quimera que nace en tierra continental y a la que llamamos soberanía. Una isla o un atolón, por remoto que se encuentre en la inmensidad oceánica, es el lugar donde el orgullo de una bandera puede ondear o, también, convertirse en campo de batalla. Las Malvinas, en el Atlántico Sur, lo demuestran; el atolón de Clipperton, en el Pacífico —arrebatado a la soberanía mexicana en favor de Francia tras el injusto arbitraje de un rey italiano—, es otro testimonio. La isla misteriosa de Julio Verne encuentra una representación inquietante en el surrealismo de las aguas chapopoteadas del golfo de México, donde la isla Bermeja, que figuró en las antiguas cartas náuticas, hoy solo existe en esos mapas. De haber sido real, aquel brazo de tierra habría redibujado las fronteras marítimas entre México y Estados Unidos.
Las islas pueden ser, también, nuestros reinos intermitentes. En cada rebelión desprendemos un territorio que nos acoge y que, más que ancla que inmoviliza, es isla navegante que acaricia el viento. Existe, no obstante, su otra faz: la dispersión del archipiélago que incomunica, separa y, en el duelo, se convierte en lejano eco de nuestra salina suerte.
Separados, balcanizados, incomunicados, desarticulados, muchas de las grandes travesías buscan todavía la pangea de la unión, recordando las palabras del poeta John Donne: que «ningún hombre es una isla, algo completo en sí mismo; todo hombre es un fragmento del continente, una parte del conjunto». Después de todo, el alma insular es salvación y respiro. Las islas, cualquiera que sea su destino, guardan el tesoro de Stevenson y el canto a la vida que eleva el náufrago Crusoe. Unos tienen nubes; otros tenemos una isla.
Juan-Pablo Calderón Patiño
Abril, 2019.
Imagen: Isla de Sacrificios, Veracruz puerto. https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Isla_de_Sacrificios.jpg

