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La guerra mediática, las noticias falsas y la promoción del desencanto

Por Luis Guerrero. Primera parte

En coincidencia con el día del maestro, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, anunció una transmisión especial destinada a desmentir noticias falsas mediante un programa semanal denominado Detector de Mentiras Extendido. El anuncio ocurre en un contexto marcado por la multiplicación exponencial de contenidos engañosos en redes sociales y plataformas digitales, donde no siempre resulta sencillo distinguir entre información verificada y manipulación mediática.

Las llamadas fake news —difundidas por personajes públicos, operadores anónimos, portales apócrifos o redes automatizadas de bots— contribuyen a construir narrativas de incompetencia gubernamental, corrupción o crisis institucional. En el caso mexicano, durante los últimos años se ha intensificado particularmente la narrativa que busca asociar estructuralmente al partido MORENA con organizaciones criminales, llegando incluso a calificar al gobierno federal como un “narcoestado”. Dicho discurso ha coincidido con momentos de tensión diplomática entre México y Estados Unidos, así como con declaraciones de actores políticos estadounidenses en el mismo sentido.

Paralelamente, desde distintos espacios mediáticos se minimizan o cuestionan indicadores oficiales relacionados con seguridad pública, reducción de homicidios, combate a laboratorios clandestinos o avances en materia energética. La intención consiste en consolidar una percepción permanente de fracaso estatal, aun cuando existan cifras duras que indiquen mejoras y avances concretos.

Para comprender este fenómeno resulta necesario revisar algunos antecedentes históricos de la relación entre Estados Unidos y América Latina. A lo largo del siglo XX, distintos gobiernos latinoamericanos identificados con proyectos nacionalistas, de centro-izquierda o de izquierda, enfrentaron procesos de desestabilización política, intervenciones o golpes de Estado vinculados con intereses geopolíticos de Washington.

La llamada Doctrina Monroe —resumida frecuentemente en la frase “América para los americanos”— fue reinterpretada durante décadas como fundamento de influencia hemisférica estadounidense. Posteriormente, la política del “Gran Garrote” impulsada por Theodore Roosevelt reforzó una lógica intervencionista orientada a preservar intereses estratégicos y económicos de Estados Unidos en la región.

Entre los casos más citados por la historiografía se encuentran el golpe de Estado en Guatemala de 1954, el derrocamiento de João Goulart en Brasil en 1964, la caída y muerte de Salvador Allende en 1973 y la instauración de dictaduras militares en diversos países del Cono Sur durante la Guerra Fría. Todas ellas dejaron cruentos saldos sangrientos que marcaron para siempre la conciencia de los pobladores de dichas naciones mediante asesinatos, desapariciones y muchas otras agresiones a ciudadanos indefensos.

Diversos documentos desclasificados y estudios históricos han señalado la participación de agencias estadounidenses, operaciones psicológicas y campañas mediáticas en estos procesos. También se encuentran antecedentes de financiamiento a grupos opositores, apoyo logístico o presión diplomática en contextos de alta polarización política inducida.

Sin embargo, la disolución de la Unión Soviética transformó el escenario internacional y modificó las formas de intervención política. Paralelamente, la presión interna de la ciudadanía en EE. UU. y escándalos como el caso Irán-Contra —que evidenció operaciones encubiertas destinadas a financiar ilegalmente a actores armados y movimientos insurgentes en América Latina— fueron factores determinantes para un giro hacia la guerra híbrida y el golpe blando, cuyo propósito central es la construcción del desencanto. Tema que abordaremos en nuestra próxima entrega. Hasta entonces.

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