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La producción social del egoísta: una crítica a los valores del mercado

Por: Luis Guerrero

En entregas anteriores hemos analizado el modelo económico actual no solo como un productor de mercancías, sino como un sistema de producción social de consumidores que validan el modo de producción. Esta validación no ocurre de manera espontánea, sino como resultado de la promoción de ciertas formas de subjetividad: el egotismo, el egoísmo, el egocentrismo y la avaricia.

El egotismo puede entenderse como una distorsión de la imagen del “yo”, una subjetividad inflada que depende de la validación constante; el egoísmo implica la instrumentalización de los otros en beneficio propio; el egocentrismo limita la capacidad de reconocer a los demás como portadores de experiencias válidas; y la avaricia configura una identidad centrada en la posesión, donde el sujeto se convierte en un guardián de sus cosas, atrapado en la ansiedad y la rigidez. En conjunto, estas disposiciones debilitan los vínculos humanos, menoscaban la responsabilidad social y favorecen la legitimación de la desigualdad.

Desde esta perspectiva, resulta problemático identificar sin más los “valores” del mercado con la ética. Los valores son mediaciones históricas que orientan la conducta, pero también pueden encubrir ideologías de dominación cuando se absolutizan; la supuesta “libertad de mercado” es un ejemplo claro. La ética, en cambio, no se reduce a tales mediaciones: se fundamenta en el respeto, desarrollo y el florecimiento de la vida humana. Un sistema que mantiene a grandes sectores de la población en condiciones de pobreza y vulnerabilidad difícilmente puede considerarse ético, por más funcional que resulte para el propio sistema.

En esta línea, como plantea Enrique Dussel, las decisiones éticas deben ser factibles y contar con legitimidad intersubjetiva; es decir, no pueden imponerse sin el consenso de quienes se ven afectados, ni ignorar las condiciones históricas, políticas, sociales y materiales en las que se inscriben. Esto obliga a cuestionar no solo los principios abstractos del mercado, sino también sus efectos concretos en la vida de las personas.

Podría argumentarse que el mérito y el esfuerzo individual desempeñan un papel importante en la superación personal. Sin embargo, el problema no es reconocer el esfuerzo, sino convertirlo en una explicación total. Cuando se ignoran factores como la clase social, la herencia, el capital cultural o las redes de poder, el mérito deja de ser un criterio justo y se convierte en una narrativa que legitima desigualdades preexistentes.

En este sentido, la meritocracia funciona como un mito. Al presentar el éxito como resultado exclusivo del talento y la disciplina, invisibiliza condiciones estructurales ampliamente documentadas, como la baja movilidad social y las múltiples barreras que enfrentan amplios sectores de la población. Como ha mostrado Pierre Bourdieu, las trayectorias individuales están profundamente condicionadas por desigualdades previas, lo que cuestiona la neutralidad del mérito.

Una expresión cotidiana de esta lógica es el llamado “échaleganismo”: una narrativa que desplaza la responsabilidad del bienestar desde las estructuras sociales hacia los individuos. Bajo este enfoque, problemas complejos como el desempleo, la precariedad laboral o la exclusión educativa se reducen a una supuesta falta de esfuerzo personal. El resultado no es solo una simplificación del problema, sino también la estigmatización de quienes no logran superar condiciones adversas.

En el ámbito educativo, esta tensión se vuelve particularmente visible. La crítica a las becas destinadas a estudiantes de escuelas públicas, suele basarse en una concepción estrictamente meritocrática: se considera que estos apoyos deberían reservarse para quienes obtienen mejores calificaciones. Sin embargo, esta postura ignora que no todos los estudiantes parten de las mismas condiciones. En muchos casos, estas becas no son un premio al rendimiento, sino una condición mínima para garantizar la permanencia en el sistema educativo, e incluso pueden entenderse como una forma de salario indirecto de las y los trabajadores.

En sociedades marcadas por profundas desigualdades, como la nuestra, en la que muchos estudiantes van a la escuela sin desayunar, no parece aceptable moralmente, oponer mérito a justicia social, debemos reconocer que, sin las condiciones materiales básicas, el mérito mismo se vuelve una ficción. Una sociedad que presenta como mérito lo que en gran medida es privilegio heredado, no solo reproduce la desigualdad, sino que además la legitima bajo una apariencia de justicia.

Imagen: Quentin Massys. El prestamista y su esposa (1514), fuente: 3minutosdearte.com

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