Por: Luis Guerrero. Segunda parte
En la anterior entrega describimos algunas características de la modernidad, como un discurso que fundamenta el actual sistema capitalista, en el que el método para interpretar la realidad pasa de ser sujeto-sujeto, a sujeto-objeto, con lo cual desarraiga al ser humano de la naturaleza, determinándola sólo como un recurso al que parece considerar inagotable, dada su irracionalidad extractivista. Es decir, deja de ver a la naturaleza como madre tierra (Mater Terra, Pachamama, Gea, etcétera) y se le reduce a medio para la producción, expresión de la racionalidad instrumental. Y al ser humano, que es naturaleza y tiene como condición de posibilidad de vida a ésta, también se le transforma en mediación, en recurso humano individual. De esta manera, al romperse la relación metabólica con la naturaleza, al dejar de ser hijos de la tierra, dejamos de vernos como hermanos, desatando los lazos sociales y destruyendo las prácticas comunales.
A lo interior se suma el discurso de la modernidad como universal, pensamiento ubicado en la “cúspide del conocimiento”, en un despliegue continuo, acumulativo, lineal y unidireccional. Fuera de este desarrollo queda la barbarie, la perspectiva “encantada del mundo”. En contraste, la experiencia descolonial ve a la ciencia europea como producto del extractivismo epistémico, que no es más que la invisibilización del origen de los saberes, descubrimientos e inventos de los que se apropió Europa; como el sistema de numeración y los conocimientos astronómicos. De los pueblos originarios tomaron técnicas de cultivo, conocimientos botánicos y medicinales; de la cultura china se apropiaron de la brújula, la pólvora y la imprenta —antes que Gutenberg—; asimismo, en el siglo IX ya contaban con papel moneda. La máquina de vapor utilizó los mecanismos y la tecnología china, y la supuesta revolución industrial inglesa fue antecedida por la asiática.
Lo anterior es relevante porque, al posicionarse el Eurocentrismo —actualmente nortecentrismo— con el mito de la razón, el progreso, el pensamiento científico objetivo y la tecnología, operó la desacreditación de los conocimientos de otras culturas en un proceso reconocido como epistemicidio. A esto hay que agregar otras formas de arbitraria jerarquización: la “jerarquía racial”, que ubica en la cumbre al hombre blanco europeo asociado a la razón, la civilización y la cristiandad, lo que naturalizó el crimen del trabajo forzado y la esclavitud; y finalmente la “jerarquía ontológica”, el ser y no ser: el ser el sujeto que piensa y posee, el no ser el objeto, la naturaleza y los pueblos colonizados. En suma, la justificación del genocidio y la cosificación de los pueblos y sus recursos, percibidos como el almacén a disposición de los que “sí son de hecho”: el gobierno con el mayor poder militar.
El ser es el desarrollo como finalidad: todos los países con la misma lógica para alcanzar el modelo industrial capitalista occidental. El no ser son las economías comunitarias, el trabajo colectivo manifiesto en tradiciones como la mano vuelta, el trueque y la reciprocidad; el no ser es el colonizado y su producto subjetivo, la colonialidad: la aspiración de superar “la inferioridad” y parecerse al dominador. En suma, el no ser “es” el diferente, el otro. En la antigua Grecia, el ciudadano era el ser; el bárbaro, el no ser. En Roma, el ciudadano vs. el esclavo; en la cristiandad medieval: fiel vs. infiel. Para EE. UU., si los gobiernos obedecen, son aliados; si resisten y defienden su soberanía, son el eje del mal, estado canalla, dictaduras o amenazas a la seguridad.
La guerra contra el mal y la lucha justa se constituyen en pantallas ideológicas para moralizar la dominación y la violencia bélica; es el intento manifiesto de ocultar los intereses económicos, el control estratégico de recursos o su ejercicio como dispositivo de orden global. La conflagración es una forma de gobernar la crisis de poder, nos dice Negri. Lo que parece ser el caso del vecino del norte. De acuerdo con datos del IIE de la UNAM, la crisis de EE. UU. es multidimensional: deuda pública mayor al 110 % del PIB, pérdida de competitividad en el mercado de autos eléctricos frente a China, atraso en ingeniería electrónica y pérdida de competitividad en la industria farmaquímica.
Es una crisis estructural y social, con un aumento alarmante de tiroteos en escuelas, problemas de salud pública por fentanilo y deterioro de la legitimidad política. En el ámbito internacional, hay un giro al unilateralismo, ataques a la Corte Penal Internacional y el uso de aranceles como arma diplomática. Todo esto es manifestación de un país convulsionado que se torna peligroso; no solo para el mundo, sino para sus propios ciudadanos, en el que las acciones policiacas y militares se vuelven contra su propia población, provocando pérdidas de vidas humanas. Ante este escenario de decadencia y violencia, cabe preguntarnos: ¿qué tipo de pulsiones mueven a quienes sostienen este sistema? ¿Estamos ante una estrategia política o ante una auténtica patología del carácter? Lo analizaremos en la tercera y última entrega.

