Por Luis Guerrero. Segunda parte.
En la entrega anterior abordamos al ente humano introduciendo el concepto de Dasein, término alemán integrado por da, «ahí», y sein, «ser», que suele traducirse como «ser-ahí». Sin embargo, ese «ahí» no se refiere únicamente al lugar donde nos encontramos, sino al ámbito de apertura en el que el ser humano comprende su existencia y se relaciona con el mundo. Señalamos también que al Dasein «le va en su ser este mismo ser»; es decir, su propia existencia le concierne y constituye una cuestión abierta que debe asumir en sus posibilidades concretas. No se trata necesariamente de que se observe o se interrogue de manera consciente, sino de que vive comprendiendo, de alguna manera, aquello que es y puede llegar a ser. Heidegger llama «existentiva» a esta comprensión concreta de la propia existencia. Para profundizar en por qué el Dasein es constitutivamente ontológico, conviene alejarnos momentáneamente de nuestra cotidianidad y aproximarnos al pensamiento que dio forma a buena parte de la tradición filosófica occidental.
En la tradición filosófica encontramos una tendencia a comprender el conocimiento a partir de la distinción entre quien observa y aquello que es observado: el sujeto y el objeto. Esta postura teorética supone que podemos explicar nuestra relación con el mundo partiendo de una conciencia interior que representa los objetos exteriores. Aunque no toda la filosofía griega puede reducirse a esta perspectiva, Heidegger cuestiona que esa separación sea el punto de partida originario para comprender nuestra existencia.
Esta distinción adquiere una expresión decisiva en René Descartes. El filósofo francés, mediante la duda metódica, llega al «yo pienso» (res cogitans), fundamento de la certeza de su propia existencia como sustancia pensante. A partir de ahí, distingue esa sustancia de la res extensa, es decir, de la realidad material caracterizada por ocupar un espacio. Se configura así el conocido dualismo cartesiano, que separa la sustancia pensante de la sustancia extensa y plantea el problema de cómo se relacionan ambas dimensiones.
Esta separación nos conduce a una manera particular de comprender lo que existe y determina, en buena medida, cómo nos relacionamos con ello. Por ejemplo, al concebir la naturaleza como una realidad exterior y diferenciada del sujeto humano, podemos convertirla en objeto de cálculo, experimentación, intervención y dominio. Esta mirada contrasta con determinadas cosmovisiones de nuestros pueblos originarios, en las que el ser humano se comprende como parte de la naturaleza y la tierra se reconoce como madre y condición de posibilidad de la vida. Esta comparación nos invita a preguntarnos si nuestra relación con la naturaleza debe reducirse a la de un sujeto que dispone de un objeto. Pero volvamos a Heidegger, quien cuestiona que las categorías de interior y exterior permitan comprender nuestra relación originaria con el mundo y, particularmente, responder a la pregunta por el ser.
La palabra griega ón —en su forma neutra, to ón— puede traducirse como «lo que es» o «el ente»; óntos es una forma genitiva de esa palabra, y logía remite al estudio o tratado. De ahí procede el término ontología, que en su sentido filosófico se ocupa del ser de los entes. A lo largo de la historia, la filosofía ha ofrecido distintas respuestas acerca de aquello que es fundamental: las ideas en Platón, la sustancia en Aristóteles, Dios como fundamento supremo en determinadas concepciones cristianas, las sustancias pensante y extensa en Descartes, o las condiciones y los límites del
conocimiento de lo que las cosas son en Kant. Estas posiciones son distintas entre sí y no pueden reducirse a una sola doctrina, pero permiten reconocer la diversidad de caminos que ha seguido la pregunta filosófica por lo que existe.
Para Heidegger, la tradición metafísica -la cual podemos comprender como una meditación sobre la esencia de lo ente- ha tendido a olvidar la pregunta por el ser al concentrarse en los entes y sus fundamentos, sin aclarar suficientemente qué significa que algo sea. La pregunta por el ser no se resuelve identificándolo con otro ente, por más elevado que este se considere. En su crítica de la metafísica, Heidegger emplea el término «ontoteología» para señalar una estructura de pensamiento que comprende el ser de los entes a partir de un fundamento supremo y busca, al mismo tiempo, dar cuenta de la totalidad de lo que es.
Así, la cuestión fundamental permanece abierta: ¿en qué consiste el ser de los entes? Para responderla, Heidegger propondrá una distinción decisiva entre el ser y el ente: la «diferencia ontológica». En la siguiente entrega examinaremos esta diferencia y el papel de la fenomenología en el intento de comprender al Dasein sin reducirlo a un simple objeto del mundo. Hasta la próxima.
Imagen: «Saturno (o Cronos) devorando a su hijo», pintura de Peter Paul Rubens (1577-1640), 1636-1637, Madrid, Museo del Prado. https://www.meisterdrucke.es/

