Genoveva Roldán Dávila[1]
El pasado 12 de febrero reflexionamos sobre la crisis de la hegemonía estadounidense, la cual tiene una estrecha relación con lo que nos ocuparemos en esta oportunidad: los aranceles. Desde marzo de 2018, siendo presidente Trump, cuando le declaró la “guerra” comercial a China, los aranceles se convierten en un tema de discusión nacional y mundial. Con la globalización vinculada al nuevo liberalismo de finales del siglo XX, se habían eliminado hasta del vocabulario no solo de los economistas, sino en el conjunto de la sociedad, ya que la opinión que dominaba afirmaba que las mercancías y el capital circularían “libremente” de un país a otro y que era un proceso que no tenía retorno a la aplicación de aranceles y menos aún, por el país que tanto impulsó el “libre comercio”. La Globalización había llegado para quedarse y era “irreversible”.
¿Qué significado tienen los aranceles? De entrada, precisemos que son aquellos impuestos que el Estado, les impone a las mercancías que se llevan a otro país (exportan) o que nos llegan de otro país (importamos); fueron eliminados durante casi 30 años, desde fines de los años 80 hasta 2018 (en México desde 1985), y se le identificó como el proceso de “apertura comercial”.
Quizás por eso se olvida la historia de las políticas arancelarias y que no son novedosas. Estados Unidos (EU), a fines del siglo XVIII con Alexander Hamilton primer secretario del Tesoro, defendió el uso de aranceles para avanzar en su industrialización, a partir del resguardo que les garantizó, por ejemplo, que su siderurgia asociada al crecimiento de los ferrocarriles, no tuvieran que competir con el acero europeo que era más barato; políticas que no impidieron la expansión del comercio mundial. Hacia la segunda mitad del siglo XIX en Europa y EU también rebajaron significativamente sus aranceles. En estos años, la expansión territorial del capitalismo consolida el dominio colonial que también impulsa el comercio internacional.
El liberalismo de ese siglo, en lo comercial, financiero y en lo social sufrió duros golpes desde las últimas décadas de ese siglo: la primera Gran Depresión en 1873-1896, con caída de la producción, empleo y ganancias; tensiones de clases y rivalidades imperialistas acompañadas de muros arancelarios agudizaron la guerra comercial entre EU y sus socios europeos; que se tradujeron en la primera guerra mundial.
En 1922, EU eleva el impuesto de importación promedio a aproximadamente 40%; y ante la Gran Depresión de 1929, se aprueba la Ley Hawley-Smoot que impuso aranceles a más de 20 mil productos con el objetivo de proteger empleos y reactivar la industria nacional. Estas medidas proteccionistas en los países centrales se acompañan de acciones que promueven su expansión hacia los países periféricos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, los países hoy considerados desarrollados alcanzaron economías nacionales vigorosas por su protección arancelaria de aquellos sectores que consideraron vitales para su soberanía y que les garantizaban el desarrollo de su propia base manufacturera. Lo cual pone de relieve que además del fin económico, el proteccionismo arancelario tiene en lo geopolítico, un rol para reafirmar soberanía, castigar o premiar (según sea el caso) a quienes se les aplican o se les retiran.
Paralelamente, en 1947, 23 países retoman la discusión de los aranceles y el proteccionismo y firman un tratado multilateral, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT por sus siglas en inglés); en 1973 ya tenía más de 100 signatarios. Promovido fundamentalmente por los grandes intereses de EU, que representaban a los monopolios que se habían fortalecido durante las guerras y las crisis, protegidos por el país que resultó el hegemón y quien su actividad comercial significaba el 40% del total del comercio internacional.
Durante 4 décadas tuvo un destacado crecimiento el comercio entre las naciones productoras de bienes manufacturados, pasando de largo la realidad de los países subdesarrollados, que tenían una fuerte dependencia comercial, productiva, tecnológica y financiera y a los que se les exigía igualdad en el trato con los desarrollados. El fracaso del GATT resultó evidente ya que buscó la rebaja arancelaria en el comercio de productos industriales, sin embargo, en cuanto al comercio derivado del sector agrícola, los países desarrollados nunca aceptaron quitarle la protección arancelaria.
Este rápido recorrido nos lleva al proyecto de desarrollo que toma clara forma en los años 90 y que entre otras características destaca el de la “apertura externa” que no sólo significó el libre comercio de mercancías, institucionalizando las relaciones comerciales en tratados de “libre comercio”, sino también la liberación y apertura al capital financiero. Otras cuatro décadas en las que no se alcanzaron los beneficios prometidos a niveles globales y nacionales.
¿Qué cambió? ¿Por qué una vez más en la historia del capitalismo regresamos a una guerra comercial en la que el fusil o dron se llama: aranceles? Ilustrativo es el título del libro de Nancy Fraser, destacada analista de pensamiento crítico, cuando presenta al capitalismo como “caníbal” y se pregunta “qué hacer con este sistema que devora la democracia y el planeta y hasta pone en peligro su propia existencia”.
La Globalización ha puesto en peligro la hegemonía estadounidense. A nivel interno las contradicciones sociales están al límite (presentadas en la nota previa). En el plano internacional los resultados están muy identificados con el posicionamiento de China como la segunda economía más grande del mundo, produce el doble de energía solar y eólica que el resto del mundo en conjunto, así como entre un tercio y la mitad de todos los bienes manufacturados, Shanghái cargó y descargó más contenedores en 2022 que todos los puertos estadounidenses juntos (Dan Wang, 2025)[2].
En los años 70 del siglo XX, EU tenía como objetivo central lograr la reducción del costo del trabajo, así como ampliar su mercado. En 1971 restablece relaciones comerciales con China, con el propósito de iniciar “la construcción de un puente con China, sobre 16 mil millas y 22 años de hostilidades”. Los empresarios lo veían con mucho optimismo. En la empresa Du Pont estuvieron presentes dos opiniones: mientras uno de sus ejecutivos (Robert Forney) insistía en ponerle límites a las exportaciones chinas y sugería planificarlas, porque “su potencial es aterrador”, por otro lado, en la misma empresa se recibía a una delegación china para darle asesoría para mejorar su embalaje de exportación. El titular The Economist en 1978 era: “China: más de 900 millones de clientes”, país que creó zonas económicas destinadas a atraer capital extranjero para establecer fábricas (Shenzen, Zhuhai, Shantou y Xiamen) y ofreció otro gran atractivo: grandes provisiones de fuerza de trabajo barata y controlada por el estado (Ingleson, E. 2024)[3].
En reiteradas ocasiones, la prepotencia del capital y su inmediatez, solo les da una mirada de corto plazo y subestiman, al contrario. No se prestó atención a los planes de China que, a diferencia de África y América Latina, sí estaba el de integrar sus propios objetivos de desarrollo en el capitalismo global. Así, mientras las empresas estadunidenses relocalizaban sus líneas de producción, los chinos estaban incrementando sus competencias de producción que le han permitido dominar las cadenas de suministro, fabricar barato y avanzar en su desarrollo tecnológico especialmente en inteligencia artificial, así como el potencial que le dan las tierras raras (controla el 60% de su producción). El “animal está herido”.
Las intermitentes amenazas arancelarias de Trump a casi todos sus socios comerciales, proyectaron que el 2026 iniciara con una tasa arancelaria efectiva de 16,8%, el nivel más alto desde 1935. Si bien esto le ha permitido aumentar sus ingresos aduaneros que entre 2023-2024 fueron de 7 mil millones de dólares por mes, en octubre de 2025 aumentaron a 33.1 mil millones de dólares.
En fin, los aranceles le han generado ganancias al gobierno, pero según estimaciones del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, el 90% de esas ganancias las pagan los consumidores y las empresas estadounidenses, no los exportadores extranjeros, como ha dicho Trump en reiteradas ocasiones, quien también afirmó:
“¿Habrá algún dolor? Si, tal vez (¡Y tal vez no!). Pero haremos a Estados Unidos grandioso de nuevo, y el precio que haya que pagar valdrá la pena”.
[1] Tuxpeña por nacimiento y de corazón
[2] Dan Wang, Breakneck: China’s Quest to Engineer the Future. Libro del año del Financial Times.
[3] Ingleson, Elizabeth. (2024). “Naissance d’un Béhémoth: les origines de la puissance manufacturière chinoise”. Le Grand Continent, egrandcontinent.eu/fr/2024/03/20/naissance-dun-behemoth-les-origines-de-la-puissance-manufacturiere-chinoise/


