Por Luis Guerrero. Quinta parte
En nuestra entrega anterior señalamos que los síntomas y los actos fallidos son las “grietas” por donde se asoma lo inconsciente. Este último es un elemento central en la estructura psíquica, cuyo contenido se encuentra vinculado, entre otros procesos, con un mecanismo de defensa fundamental: la represión. Dicha operación puede pensarse como un proceso mediante el cual determinadas representaciones -ideas, recuerdos, percepciones- ligadas a una moción pulsional quedan fuera de la consciencia por resultar incompatibles con las exigencias del sujeto, sus ideales o las prohibiciones que ha interiorizado. Se trata de un universo diverso que abarca desde deseos hostiles y ambivalencias afectivas —como odiar a quien al mismo tiempo se ama— hasta verdades dolorosas, temores, fantasías, experiencias infantiles y otras expresiones de las fuerzas de la psique.
Sin embargo, la represión no destruye aquello que ha sido reprimido; la moción pulsional conserva su fuerza y busca vías de satisfacción. Para sostener la represión existe, desde la perspectiva económica de Freud, un gasto de energía que contribuye a mantener alejada de la consciencia la representación reprimida. Ese choque permanente, esa división en la que una parte de nosotros busca la satisfacción mientras otra se opone a ella, constituye el conflicto. Para comprender cómo se produce este conflicto interno, es necesario introducir una figura clave en la metapsicología freudiana: la censura. En el modelo de la primera tópica, podemos imaginarla como una especie de aduana psíquica que regula el paso de determinadas formaciones inconscientes hacia el sistema preconsciente-consciente. Su función no es destruir el material restringido, sino impedir o dificultar su acceso directo y, en determinadas circunstancias, favorecer que encuentre una forma modificada de expresión.
Este disfraz permite que aquello que no puede presentarse abiertamente encuentre una vía indirecta de expresión. Es aquí donde aparece lo que Freud llamó formación de compromiso: una solución en la que fuerzas psíquicas en conflicto encuentran una satisfacción sustitutiva y deformada. Esto explica, en gran medida, la aparente desproporción o extrañeza de algunas formaciones de lo inconsciente. Llegados a este punto, cabe recordar que, de acuerdo con el pensador vienés, el aparato psíquico tiende a reducir las tensiones que lo atraviesan. Es pertinente aclarar, que las personas albergamos conflictos, deseos, fantasías y mociones pulsionales que no llegan directamente a la consciencia. Sin embargo, sus destinos pueden ser diferentes. Mientras algunos sujetos desarrollan un sufrimiento intenso o síntomas incapacitantes, otros encuentran vías de elaboración o satisfacción sustitutiva que les permiten llevar una vida relativamente estable.
Freud desdibuja así una frontera absoluta entre normalidad y patología. Algunos fenómenos de la vida psíquica cotidiana —los sueños, los actos fallidos, ciertos olvidos— obedecen a mecanismos que también pueden aparecer en las neurosis, sin que por ello toda manifestación de lo inconsciente deba considerarse patológica. Podríamos decir, en términos metafóricos, que la salud no depende de la ausencia de conflicto o de represión, sino de la posibilidad de encontrar destinos menos rígidos para las fuerzas pulsionales. La sublimación constituye uno de esos destinos: la energía pulsional puede encontrar una satisfacción desviada hacia actividades socialmente valoradas, como la creación artística, el trabajo intelectual o determinadas formas de actividad cultural.
En caso contrario, cuando el conflicto se vuelve rígido y las posibilidades de elaboración disminuyen, el Yo puede verse desbordado. Tratemos de aterrizar esto retomando con algunos matices, el ejemplo de nuestra entrega anterior: el caso del trabajador cuya actividad laboral entra en conflicto con su jefe. Para el análisis, cabe hacer la advertencia ya señalada: se trata de un supuesto didáctico. Asimismo, recordamos que la clínica psicoanalítica nunca reduce un síntoma a una causa única ni asume que el malestar psíquico tenga un mismo origen. Partiendo de esto, un trabajador sometido durante largo tiempo a un conflicto laboral que no consigue elaborar, tramitar o resolver puede llegar a un punto de quiebre. Es allí donde un acontecimiento de la realidad actual puede convertirse en una ocasión para que se reactive un conflicto inconsciente, relacionado quizá con su historia infantil: las primeras experiencias frente a la autoridad, los límites parentales, la rivalidad fraterna, determinadas fijaciones del desarrollo psicosexual o incluso sus fantasías.
Al encontrarse atrapado en esa condición, el sujeto puede experimentar que las tensiones del agravio laboral presente se enlazan con mociones pulsionales y conflictos inconscientes que se han actualizado. Cuando una satisfacción directa resulta imposible, la energía pulsional puede encontrar una vía sustitutiva de expresión. Es entonces cuando puede constituirse el síntoma neurótico: una formación de compromiso que expresa el conflicto al mismo tiempo que lo oculta. Así, el síntoma puede ser la forma en que un conflicto encuentra una solución sustitutiva. Y aquí encontramos el puente con nuestro tema central: el sueño. Hasta aquí hemos hablado del conflicto y de una de sus posibles salidas en la formación del síntoma. Pero ¿qué ocurre cuando ese mismo aparato psíquico entra en reposo? Ahí comienza nuestro siguiente recorrido. Hasta la próxima.
Imagen: Henri Rousseau – Le Rêve. https://es.wikipedia.org/



Gracias por seguir con el tema en una extensión cada vez más amplia, para varios lectores muy interesante, también en lo personal, analizar como lo dice, la experiencia vivida a temprana edad o en el transcurso de nuestro vivir que nos llevan a. Sueños en sus diferentes presentaciones. Interesante.
Hola alicia, como siempre, los agradecidos somos nosotros, por tu lectura y comentarios. Saludos.