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EPiC: Elvis Presley in Concert más que un documental

CIUDAD DE MÉXICO.- Baz Luhrmann encontró EPiC casi como se encuentra un tesoro. Por accidente, con polvo encima y una historia esperando a que alguien la ordene. Durante la búsqueda de material para su película biográfica Elvis (2022), su equipo dio con decenas de cajas de filmaciones guardadas en una bóveda de estudio bajo tierra, en una mina de sal en Kansas.

De acuerdo con Rolling Stone, el hallazgo incluía horas de conciertos y ensayos en distintos formatos (35mm, 16mm y 8mm), además de material extra procedente de archivos vinculados a Graceland. El resultado no es un documental tradicional, sino una película de concierto montada como experiencia con imágenes restauradas con precisión digital (Peter Jackson, el autor de Get Back, el documental definitivo de los Beatles, ayudó muchísimo en el proceso), decisiones de edición que resaltan gestos mínimos y un hilo narrativo sostenido por el audio de Elvis hablando de sí mismo y de su música.

Esa elección de dejar que Elvis “cuente” la película importa porque desactiva, al menos por un rato, el ruido alrededor del personaje. EPiC no está interesada en explicar al Rey mediante expertos o cronistas; apuesta por el material bruto: el cuerpo en escena, la voz en la sala, las miradas que pasan como relámpagos y las pausas donde el artista vuelve a respirar. En un momento en que el Elvis tardío suele reducirse al estereotipo del showman decadente de Las Vegas, la película insiste en otra idea. Allí había técnica, oído, humor y una relación eléctrica con el público.

En términos de estructura, Luhrmann “salta” por distintas etapas sin detenerse demasiado en el catálogo de películas que Elvis rodó en Hollywood ni en los episodios biográficos que ya han sido contados hasta el cansancio. La columna vertebral está en el regreso a los escenarios y en la maquinaria del espectáculo con sus ensayos, camerinos, entradas y salidas, el sudor del espectáculo y el ritual del artista que trabaja sin parar. La cámara lo capta como un intérprete que mezcla control y riesgo. Mosaicos que cambian de dirección, chistes lanzados al aire y canciones estiradas para sostener el contacto con la audiencia.

La película se beneficia de un gesto clave, el cual es el de mirar a Elvis de frente como un músico que todavía está tomando decisiones. Hay una alegría palpable en los ensayos, en la forma en que conversa con la banda y en la concentración que antecede a una frase. Es el tipo de energía que desmiente la caricatura del cantante “apagado” o ausente. Y cuando aparecen señales de desgaste como una mirada perdida o un cansancio que atraviesa el rostro por un segundo, la edición no lo convierte en espectáculo morboso: lo deja pasar como pasa en la vida, de manera fugaz.

Donde Luhrmann se vuelve más reconocible es en su forma de cargar de sentido ciertos detalles. Los ejemplos más claros son un rostro cargado de deseo de una fan que se aprecia por unos cuantos segundos y que da cuenta del carisma hipnótico del rey, y un destello de flash que congela el rostro del coronel Tom Parker y vuelve inquietante una expresión que, a velocidad normal, quizá sería irrelevante. Ese tipo de decisiones no “demuestran” nada, pero sí abren preguntas, y convierten la edición en un acto de lectura, de mirar el archivo como si escondiera mensajes. En ocasiones, esa insistencia puede sentirse como un director señalando con el dedo (“mira esto, mira esto otro”). Pero aquí suele funcionar porque el material de base es tan fuerte que aguanta los énfasis.

También hay algo esencialmente contemporáneo en EpiC. El documental muestra por qué Elvis sigue mutando culturalmente. No es solo por nostalgia, sino porque su figura admite interpretaciones contradictorias. Elvis es un símbolo de deseo, un producto de mercado, la voz del sur estadounidense, el icono pop, la celebridad vigilada y controlada. La película no lo resuelve sino que lo exhibe. Y cuando se concentra en el escenario más que en el mito, se vuelve, paradójicamente, más reveladora. Estamos ante el artista que aparece trabajando contra la “imagen” que le construyeron, buscando un lugar propio entre contratos, expectativas y exigencias de su público.

El mejor tramo de EPiC está en la sensación de presencia. Ver la textura del material restaurado en pantalla grande (Luhrmann la pensó para IMAX antes de expandirse a otro tipo de salas), escuchar el rugido del público y notar cómo Elvis administra el show como si fuera una conversación en tiempo real. Eso es lo que la película rescata con más claridad. No un fantasma o un souvenir, sino el retrato de un intérprete con un instinto único para dominar un cuarto.
AM.MX/FM

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