Por Luis Guerrero. Primera parte
En nuestra vida cotidiana interactuamos constantemente con objetos: nos servimos el café, tomamos una cuchara, comemos una fruta y salimos a la calle a tomar un taxi para realizar nuestras actividades. Todos estos elementos —el café, una manzana, un auto, un perro o una piedra— son entes, como los denomina la filosofía.
Los ejemplos anteriores son concretos, pero no son los únicos; también nos relacionamos con entes ideales o abstractos (como un número o una idea) y con principios y normas que orientan nuestra conducta, como los de la higiene personal. Asimismo, nos referimos a entes de razón, como un unicornio azul. En general, «ente es todo aquello de lo que hablamos, lo que mentamos, aquello con respecto a lo cual nos comportamos de esta o aquella manera; ente es también lo que nosotros mismos somos y el modo como lo somos», tal como lo explica el filósofo Martin Heidegger (en adelante, MH).
Este pensador alemán (1889-1976) es reconocido como uno de los filósofos más importantes del siglo XX, aunque también cuenta con detractores que incluso lo han calificado de charlatán. Más allá de las polémicas, su interés principal se centró en el sentido del ser del ente; es decir, en la pregunta por el sentido del Ser. Esta interrogante guio gran parte de su pensamiento y su esfuerzo por responderla lo condujo a su obra cumbre, Ser y tiempo, publicada en 1927.
El ente que MH aborda de forma privilegiada es, precisamente, el ser humano. Pero no lo hace desde la perspectiva de las ciencias. Cuando la biología, por ejemplo, nos explica el sistema óseo como una «estructura viva y dinámica», conformada por huesos y cartílagos, se mantiene en el campo del conocimiento científico. Heidegger, en cambio, se pregunta por el sentido de nuestro ser y por el modo en que comprendemos nuestra existencia. Es aquí donde cobra importancia la fenomenología (más adelante la retomaremos).
No se trata, por lo tanto, de cómo procesamos la experiencia cognitiva —terreno que le corresponde a la psicología—. Antes de cualquier esfuerzo de teorización, el ser humano ya vive rodeado de cosas. Sin necesidad de un conocimiento científico, estas se le presentan, las utiliza y le son familiares. Nos relacionamos con ellas de forma práctica y no teórica. Las cosas forman parte de nuestro mundo y nuestra existencia misma se constituye en esa relación; un mundo que, además, compartimos con otras personas.
A la forma en que este ser humano, ya vinculado con las cosas y con su entorno, se comporta en el mundo, la llamamos existencia. Y ésta, no puede comprenderse como si respondiéramos a un conjunto de cualidades fijas que determinaran por completo nuestro modo de ser, como si este fuera tan cerrado y predecible como suele suponerse al observar a un gato o a un perro de una misma raza, tanto en México como en China.
La esencia del ser humano no es fija. Nuestro ser se configura a través del modo en que asumimos y proyectamos nuestras posibilidades, a pesar de la facticidad; es decir, de las condiciones concretas en las que nos encontramos: haber nacido en una cultura, con un idioma y en una familia determinada. Ante estas condiciones, el ser humano se descubre, en palabras de MH, como «arrojado al mundo». A partir de ahí, puede actuar de acuerdo con un proyecto de vida propio o dejarse llevar por lo que los demás le dictan. Por lo tanto, «la existencia es su esencia».
La facticidad —las condiciones históricas y sociales en las que fuimos arrojados— es el punto de partida desde el cual podemos proyectarnos y revisar críticamente nuestras propias circunstancias. No partimos de un vacío existencial: solo se puede ser libre (o no serlo) desde esas condiciones concretas. En ese sentido, no somos espectadores de la vida: estamos «metidos de cabeza en ella». Sin embargo, nuestras propias ocupaciones e interacciones con las cosas pueden absorbernos de tal manera que, regularmente, pasamos por alto nuestra propia existencia y la responsabilidad de asumirla. Este modo de ser tan peculiar exige un nombre propio en la filosofía contemporánea.
¿Quién es ese ser que se distrae, que elige y al que le va su propia existencia en cada decisión? Para responder a esta pregunta, Heidegger introduce el concepto central de su obra: el Dasein. En la segunda parte de esta aproximación, cuestionaremos la cómoda separación entre «sujeto» y «objeto» para adentrarnos en la estructura de este «ser-ahí» y explorar por qué el análisis de nuestra propia cotidianidad constituye una vía fundamental para abordar la pregunta por el Ser. Hasta la próxima.
Nota: La lectura que hicimos de Martin Heidegger, es un acercamiento didáctico, no tiene el propósito de ser exhaustiva ni agotar o sustituir una parte el texto original de Ser y tiempo, o sus distintas interpretaciones; la pretensión simplemente es la de aproximarnos para seguir sus grandes movimientos filosóficos.
Imagen: Escultura ‘Perfil del tiempo’, por Salvador Dalí. https://www.elmundo.es/elmundo/2006/09/13/cultura/1158166912.html



En lo personal, mediante lo leído puedo entender, que mi ser se desarrolla y proyecta de acuerdo al entorno que me rodea, de ahí determinar acciones y decisiones que pueda mejorar mi existencia.
Interesante, gracias por compartir.
A pesar de los condicionantes de la propi vida, como el idioma o la cultura; el ser humano tiene o no la libertad de decidir su existencia de proyectar (también se puede someter a la voluntad de otros). de acuerdo Alicia, gracias por comentar.
En muchas ocasiones,(ENTE) hace referencia a aquello que no se encuentra en este mundo o que no pertenece a el y que toma una forma para poder manifestarse. De igualmanera se percibe de alguna forma en nuestra mente.
Estar en el “mundo” -visto como cosmos-, hablamos de cosas, cuando lo referimos a nuestro mundo, como nuestro contexto, pensamos en los entes y efectivamente hay creaciones de la razón como un centauro en la mitología griega. Saludos Evelia.