martes, 15 septiembre 2026
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El A B C de los Sueños; Una Interpretación. Síntomas, chistes y actos fallidos: las trampas del inconsciente

Por Luis Guerrero: cuarta parte.

La interpretación de los sueños, en el ámbito clínico, no es un juego de adivinanzas; es una herramienta del trabajo psicoanalítico para aproximarse al sufrimiento psíquico y a los conflictos constantes entre las exigencias pulsionales, las prohibiciones, la realidad y la cultura. Para observar, de manera didáctica, cómo pueden operar estas fuerzas, recurramos a un escenario cotidiano. Imagine a un empleado que le presenta a su jefe una idea brillante para mejorar el servicio; el jefe la retoma como propia y la presenta ante sus superiores jerárquicos, sacando provecho de ella.

Ante este agravio, las distintas instancias y exigencias psíquicas entran en conflicto. El Ello expresa la exigencia pulsional de satisfacción e impulsa al empleado a levantarse y reclamar con violencia. El Superyó, como instancia crítica y normativa, puede reprocharle ese impulso y exigirle contenerlo. Por su parte, el Yo debe considerar las condiciones de la realidad: analiza los pros y contras y frena la acción directa para proteger su empleo, mientras enfrenta también las exigencias de las normas y convenciones de su entorno laboral.

Frente a este panorama, el Yo debe buscar una salida. Si encuentra una vía favorable, puede producirse una transformación de la energía pulsional hacia una actividad socialmente aceptable; Freud denomina sublimación a este tipo de proceso. Por ejemplo, el empleado podría transformar su enojo en una iniciativa para mejorar su trabajo, solicitar una entrevista con su jefe y buscar una solución que le permita defender su autoría sin recurrir a la violencia.

Pero ¿qué ocurre cuando el conflicto no encuentra una salida satisfactoria? El malestar puede adquirir otras formas. Lo reprimido no desaparece simplemente por haber sido apartado de la conciencia; puede retornar de manera disfrazada mediante síntomas, pensamientos, conductas o angustias.

Así, el enojo, el temor al castigo o el conflicto con la autoridad pueden desplazarse y expresarse de maneras diferentes. En determinadas configuraciones obsesivas, por ejemplo, la angustia puede ligarse a pensamientos recurrentes, dudas persistentes o rituales destinados a reducirla. En una fobia, la angustia puede desplazarse hacia un objeto o situación externa, haciendo que aquello que resulta difícil de reconocer psíquicamente aparezca bajo la forma de un temor aparentemente ajeno a su origen.

Estos ejemplos deben entenderse como un esfuerzo didáctico, no como explicaciones automáticas de la formación de una neurosis. La clínica psicoanalítica no reduce un síntoma a una causa única ni permite afirmar que todo miedo, obsesión o malestar tenga necesariamente el mismo origen.

Sin embargo, ni el control obsesivo ni el desplazamiento fóbico garantizan que aquello que ha sido reprimido permanezca oculto. Durante el sueño disminuyen determinadas formas de censura y, en el trabajo onírico, los pensamientos latentes pueden transformarse en imágenes, escenas y representaciones que aparecen en el contenido manifiesto del sueño. Es precisamente esa transformación la que permite al psicoanálisis preguntarse por aquello que se encuentra detrás de lo que el soñante recuerda al despertar.

Afortunadamente —y aquí seguimos utilizando un recurso didáctico— el aparato psíquico cuenta también con vías de expresión que pueden resultar menos dolorosas. En El chiste y su relación con lo inconsciente (1905), Freud muestra que el chiste no constituye simplemente un juego de palabras: puede permitir que pensamientos, deseos o contenidos que encontrarían resistencia en la conciencia alcancen una forma de expresión socialmente aceptable.

Siguiendo con nuestro empleado, supongamos que, durante el festejo de cumpleaños del jefe, el trabajador alza su copa de forma oportuna y dice: “El jefe piensa la estrategia y se lleva la medalla, mientras este humilde obrero es el que suda en la batalla. ¡Brindo por su gran audacia de firmar con pluma ajena; a ver si por mi rima me invita hoy la cena!”

La tensión de la oficina se libera en una risa colectiva. El trabajador ha podido expresar su inconformidad sin formular directamente una acusación. El chiste introduce una distancia que permite decir algo que, expresado de manera literal, podría resultar conflictivo o censurable.

Por supuesto, cuando el ingenio del chiste no aparece, algo de aquello que intentamos mantener bajo control puede irrumpir de una manera mucho menos elegante: el acto fallido. Es el caso del mismo empleado que, al despedirse formalmente, le dice a su superior: “Eres un odioso”, en lugar de decir: “Eres fabuloso”.

Es ahí donde el sujeto se detiene, se ruboriza y descubre que en sus propias palabras ha aparecido algo que no pretendía decir conscientemente. Desde la perspectiva freudiana, el acto fallido no es simplemente un accidente sin sentido: puede constituir una vía por la cual un pensamiento, un deseo o un conflicto que no reconocemos conscientemente se abre paso en el discurso. De esta manera, sueños, síntomas, chistes y actos fallidos pueden ser considerados —cada uno a su manera y dentro de contextos diferentes— como formaciones en las que algo de lo inconsciente encuentra una vía de expresión.

Sobre estas grietas de la conciencia y los mecanismos cotidianos mediante los cuales intentamos mantener nuestro equilibrio psíquico continuaremos profundizando. Hasta la próxima entrega.

Imagen: El sueño, Pablo Picasso, óleo sobre lienzo estilo cubista

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