domingo, 2 agosto 2026
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Opinión

El dios de la religión de Trump

Por Luis Guerrero. Tercera y última parte

Retomando una intuición de Karl Marx, podría decirse que el burgués termina construyendo un mundo a su “imagen y semejanza”. Nada parece expresar mejor esta lógica que la figura de Donald Trump, magnate y representante visible de un capitalismo cada vez más agresivo y descarnado.

Trump se asume públicamente como cristiano. Sin embargo, sus discursos, gestos simbólicos y decisiones políticas permiten preguntarse qué imagen de Dios subyace realmente en su proyecto político. El presidente estadounidense se presenta como un sobreviviente por voluntad divina, como “el elegido”, e incluso ha alimentado referencias a la idea de “rey”. Sus límites se reducen, según afirma, a su propia voluntad.

El contraste con los principios cristianos, resulta inevitable. Los evangelios muestran a un hombre que defendió a los pobres, a los desplazados y a los humillados; que cuestionó el uso religioso del poder y enfrentó la hipocresía de ciertos sectores dominantes de su tiempo. Trump, en cambio, aparece asociado a una lógica política donde el poder económico, militar y mediático tiende a absolutizarse.

Esto se hizo especialmente visible en el conflicto contra Irán, impulsado junto al gobierno de Israel bajo la narrativa de una “guerra preventiva”, para “salvar al mundo” del terrorismo y de las armas nucleares. La retórica rápidamente escaló hacia expresiones de humillación imperial y castigo colectivo. Amenazas como “toda una población morirá esta noche” o “vamos a regresarlos a la edad de piedra” dejaron de lado objetivos estrictamente militares para aproximarse a una lógica de devastación civilizatoria.

Más allá de la coyuntura bélica, lo relevante es la concepción del poder que tales discursos revelan. La política deja de presentarse como espacio racional de límites y negociación para convertirse en afirmación absoluta de la voluntad del líder. El límite ya no es la ley, ni las instituciones, ni el derecho internacional, sino el propio “yo”.

Aquí adquiere sentido la reflexión de Franz Hinkelammert en El humanismo de la praxis: Si el burgués se hace una imagen de Dios, entonces (su) dios es como él: un déspota legítimo para el cual el ser supremo no es el ser humano, sino el mercado, el dinero y el capital. Hinkelammert agrega para el caso de ese imaginario capitalista, dios es un burgués en su perfección.

La frase resulta particularmente iluminadora para pensar el presente. En esta lógica, el poder económico termina proyectándose como poder sagrado; el mercado adquiere atributos absolutos y la vida humana se subordina a las necesidades de acumulación y dominio. Trump aparece, así como expresión extrema de un fetichismo político y económico que invierte los valores: sustituye la legalidad por la voluntad personal, la justicia por la fuerza y la “protección del débil” por la lógica del poder.

No se trata únicamente de un liderazgo autoritario. Lo que emerge es una especie de “religión secular” del capitalismo contemporáneo, donde el éxito económico y la capacidad de destrucción se convierten en signos de legitimidad moral. La guerra misma termina subordinada a la dinámica de acumulación: contratos multimillonarios, reposición de inventarios militares y expansión del complejo industrial armamentista.

Mientras tanto, organismos internacionales se debilitan, tratados y constituciones pierden eficacia y la política se desplaza hacia formas crecientemente personalistas. La racionalidad democrática cede frente a liderazgos que apelan más a la prepotencia, a un nacionalismo belicista y a la construcción mediática del enemigo, sustituyendo a los límites institucionales.

El capitalismo vuelve a ser Moloch: un sistema que exige sacrificios en el altar del mercado. Más que economía, es una crisis civilizatoria donde el capital es lo sagrado. Trump, con su recurrente desvarío y desprecio por la vida, es hoy la brújula de una derecha mexicana que no aprendió de la Iniciativa Mérida; prefieren reactivar un espíritu de muerte, con la esperanza de recuperar el poder político negado por el pueblo.

Ignorando incluso la incapacidad del personaje para controlar su propia seguridad interna, evidenciada en las reiteradas fallas de sus circuitos de protección personal. Al final, la dereche del PRIAN, está dispuesta a abrir la puerta para que se vulnere la soberanía de la de la nación -como ya lo ha demostrado- a costa del sufrimiento de los mexicanos.

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