Por Luis Guerrero. Primera parte.
Se pueden inferir las creencias de una persona a partir de la congruencia entre lo que dice y lo que hace —coherencia que más adelante evaluaremos en torno a Donald Trump—. Hay actitud religiosa cuando un sistema de pensamiento arraiga y ofrece un marco de orientación: principios, valores y un objeto —o un Ser — de devoción que motiva y al que la persona se consagra.
Las creencias funcionan como una cartografía del mundo natural y social: trazan coordenadas que ubican al ser humano, proponen una ruta y un sentido que, además, suele confirmarse en el consenso del grupo al que se pertenece. Fuera de ese marco —de esa cosmovisión o imaginario colectivo—, ciertas prácticas pueden ser consideradas atrasadas o supersticiosas; incluso, una ideología.
La religión, sin embargo, también ha operado como dispositivo colonizador: mediante la imposición —a menudo violenta— de otras creencias, los pueblos ven alteradas de forma drástica sus costumbres, normas, prácticas y relaciones sociales y económicas. Incluso el pensamiento de la Ilustración y, en general, de la modernidad —que justifica la viabilidad del sistema capitalista (eurocéntrico y hoy también nortecéntrico)— encubre una reestructuración religiosa. Aunque se presente como “desencantado”, secular y amparado en la objetividad, la ciencia, la razón y una supuesta universalidad, conserva una estructura teológica: Europa como sujeto elegido, portador de la verdad y responsable de la misión civilizatoria.
En ese marco, y en diálogo con el dualismo griego, se produce una inversión del cristianismo primitivo —el de Jesús y sus discípulos— que deja de lado la “resurrección de la carne”. A partir de ahí se establecen categorías que permiten instrumentalizar a otros pueblos: cuerpo/alma, sujeto (Europa)/objeto (colonia), blanco/no blanco, religión/secular, civilizado/primitivo, moderno/atrasado.
Surgen también supuestos de corte mítico o providencial: el mercado —guiado por una “mano” divina— cuyas leyes se asemejan a mandamientos; el capital como fetiche o dios que exige sacrificios humanos; la propiedad privada como principio sagrado e inviolable, cuya transgresión se convierte en delito —una transformación secularizada del pecado—.
A esto se suman inversiones de la realidad que Karl Marx se encargó de develar: el capital aparece como creador del empleo (cuando es el trabajo el que crea el capital); las mercancías como generadoras de valor (ocultando las relaciones sociales de producción); el dinero como fuente del valor (y no como trabajo social acumulado); el patrón como quien paga el salario (y no el trabajador como productor de valor y, en ese sentido, de su propio salario).
En estas fetichizaciones, el dinero manda y las personas obedecen. En pocas palabras, el productor se vuelve criatura. O, dicho de otro modo, el productor se vuelve producto del producto de su creación: como quien fabrica un ídolo y termina venerándolo, otorgándole la dignidad de creador. Esa es la inversión de la realidad: la producción de falsos dioses que, acompañados de religiones, conforman una amalgama destinada a legitimar el poder político —del faraón al emperador y, hasta hoy, de monarquías que se asumen guías espirituales—.
Del mismo modo, las religiones han sido utilizadas para justificar la opresión de los desfavorecidos dentro del sistema social y económico. Por ello, la lucha por la liberación pasa también por oponerse a esos falsos dioses que legitiman la dominación. Es contra esas religiones —las que encubren la opresión— que se pronuncia Marx. No generaliza: acota. Más aún, sus explicaciones se apoyan en referencias bíblicas, como señala Enrique Dussel en Las metáforas teológicas de Marx. En ese sentido, el supuesto ateísmo de Marx puede entenderse más como un dogma del marxismo-leninismo que como una lectura rigurosa de su obra, sí llevada a cabo por el marxismo del siglo XXI; desde América Latina.



Definitivamente las acciones no corresponden siempre a lo que se creé.
Lamentablemente.
De acuerdo Alicia, no siempre hay congruencia entre la parte cognitiva -la creencia- y la acción. Saludos.