La vida es un rompecabezas de memorias. De niño tuve la fortuna de entrar al Estadio Azteca que era el primer estadio testigo de dos mundiales de fútbol, un templo de la historia del balompié. Apenas 16 años atrás, las mismas gradas del Coloso de Santa Úrsula habían resguardado la magia brasileña en la épica final de México 70 que ganarían los amazónicos frente a la “squadra azzurra”. El coloso vio coronarse a dos grandes de la historia del fútbol, Pelé y Maradona.
Parecía que el estadio despegaba. La cancha de un inmaculado verde era la plaza en la que 22 jugadores jugarían más que al balón, a partirse el alma, “los héroes uniformados” diría el genial Juan Villoro. En el momento de los himnos, los jugadores de los equipos rivales que jugarían contra México, con formación estoica y con miradas de respeto, advertían el caldero que se había convertido el estadio. El himno mexicano en pleno Azteca hizo retumbar el alma. Más de 100,000 gargantas entonándolo con la piel electrizada. Esa visita mundialista en plena infancia me descubrió que el fútbol es más, pero mucho más que un deporte.
En México 86, Manuel Negrete hizo uno de los goles más bellos de todas las copas del mundo, labrado en el recuerdo junto al gran gol del pelusa, Maradona, frente a los británicos, electrizante partido que fue más que fútbol y que llevó la triste guerra de las Malvinas a la cancha. Hoy regresa un Mundial al Azteca que pese al cambio de nombres es y seguirá siendo el Azteca. Se confirma su vocación de ser el único estadio en tres inauguraciones mundialistas, pero algo está cojo, no se siente la vibra mundialista y un estadio amurallado lleno de vigilancia, desconsuela porque es evidencia de la derrota de la política. Encima, México y Canadá, son marginales frente al grueso de partidos en la Unión Americana donde la afición es insípida.
El Mundial más caro de la historia hace que el deporte más popular del orbe sea espectáculo de élite, tal como los grandes medios ya lo hicieron con el boxeo. Hasta los restaurantes y bares tienen miedo de poner en sus pantallas los partidos por posibles demandas judiciales de “evento exclusivo” que llegan de los tentáculos de la FIFA. Los conocedores del papel de la FIFA reconocen que el brasileño Havelange, acusado en sus años de gloria de ser un dictador de la Federación con sede en Zurich, Suiza, sea un “demócrata” frente al actual dirigente, Infantino, que ha mercantilizado el soccer a niveles nada tolerables. Un Mundial con 48 equipos, más que inclusión, es muestra de recaudación burda.
El técnico de la selección nacional, Javier Aguirre, es un redentor del balón. Buen hombre, culto y con los pantalones para enfrentarse a los dueños del soccer mexicano para poner en la mesa la idea “de un sindicato de futbolistas”, pero depende de 11 jugadores y del enredo de intereses de los dueños de los equipos que siempre han mantenido sus intereses sobre la calidad del deporte. Tan sólo ver el drama de que se desaparecen equipos no por el descenso deportivo sino por una operación de franquicias sin ningún respeto a las aficiones que dieron más que lealtad a su equipo
En la histórica cancha del Azteca en México 85 hubo un trazado en el campo que formaba un diamante, pero en realidad es un mensaje que descifra que si el béisbol es el rey de los deportes, el soccer ha sido el emperador. Pese a los nubarrones del Mundial, los que amamos el fútbol deseamos que el espectáculo regrese para ser un archipiélago de emoción frente a un océano embravecido por la incertidumbre, la polarización y la descarada mercantilización de la patada. Sin embargo, el ejercicio de ciudadanía en México no puede poner en un islote de reserva eufórica la impunidad, el oprobioso nexo entre el narcotráfico y el poder ni la destrucción paulatina de una democracia. No podemos reflejarnos en la Argentina de 1978 y el uso del soccer como causa de un patriotismo que se diluye como agua, en buena parte porque la selección nacional no tiene oportunidad de ganar el Mundial o quizá llegar al quinto partido añorado.
Juan Pablo Calderón Patiño
11 junio 2026


