Por: Luis Guerrero
La modernidad y la colonialidad no son procesos separados, sino dos caras de una misma moneda. Juntas forman el proceso histórico mundial que dio origen al capitalismo. Este proceso comenzó con la conquista de América, el comercio transatlántico de personas esclavizadas, la formación de grandes imperios trans-territoriales y la expansión del mercado mundial. Dicho dominio no fue solo económico o militar, también fue cultural y simbólico. Implicó la destrucción de los imaginarios religiosos de los pueblos originarios y la imposición de un cristianismo adaptado al poder colonial. Se impuso una lengua, un tipo de conocimiento que desacreditó los saberes locales, y un discurso filosófico que justificó el individualismo, el racismo, la jerarquización social y la separación entre sujeto y objeto en la producción del conocimiento.
Un elemento central de este proceso fue la racionalidad instrumental, que concibe a la naturaleza y a las personas como medios y objetos para un fin, no como fines en sí mismos. Todo esto conformó lo que hoy podemos llamar un patrón de poder, es decir, una forma histórica de dominación que organiza la economía, la política, el conocimiento y la vida social. La colonialidad del poder y del saber articula capitalismo, racismo, imperialismo y patriarcado como un solo sistema de dominación y explotación. Este sistema se expresa en la búsqueda constante del aumento de la tasa de ganancia, en la centralidad de las relaciones mercantiles y en formas de gobierno verticales, basadas en la dominación y no en la participación real de los pueblos.
Históricamente, el poder comentado se concentró primero en Europa y después en Estados Unidos -fundado por migrantes provenientes de Europa-. Un patrón de poder que continua vigente hasta hoy y es lo que da sentido al concepto de “colonialidad”. Frente a ello, surge una política de la descolonialidad, que encuentra uno de sus fundamentos en la filosofía de la liberación, cuyo lugar de enunciación es América Latina. Desde esta perspectiva —que no es exclusiva de una sola corriente— el capitalismo no solo atraviesa crisis económicas cíclicas cada vez más profundas, sino también crisis de la vida política, ecológica, ética, del conocimiento y de la subjetividad. Es decir, se encuentra en crisis toda la matriz de poder que sostiene al sistema.
En particular, el proyecto neoliberal debe entenderse como una estrategia para reestructurar las condiciones de rentabilidad del capital frente a estas crisis. Sus respuestas han sido parciales y contradictorias. De acuerdo con la investigación de Lao-Montes, desde una mirada macroeconómica, estas crisis se explican por múltiples factores: el desarrollo tecnológico que reduce el trabajo vivo, la disminución de la demanda efectiva, la sobreproducción, la falta de aumentos reales en los salarios, el endeudamiento de Estados Unidos, las guerras, los movimientos antisistémicos y la pérdida de legitimidad y hegemonía del discurso norteamericano. Desde la visión descolonial de Aníbal Quijano, afirma que esta no es una crisis superficial, sino una crisis raigal, que implica una reconfiguración profunda del patrón de poder. En este contexto, la crisis refuerza los rasgos despóticos del sistema: se deteriora la democracia, se reconcentra el poder y avanza lo que Quijano denomina la privatización del Estado. Emergen así instituciones y culturas políticas autoritarias, e incluso neofascistas.
Para Quijano, esta reconfiguración se expresa en la formación de un bloque imperial global, integrado por instituciones del capital transnacional como el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial de Comercio, los Estados metropolitanos y las grandes corporaciones. Este bloque impulsa tres procesos centrales: “la reconcentración mundial del control de la vida pública, la reprivatización de la autoridad colectiva y la recolonización del control de los recursos productivos y del capital en su conjunto”. A ello se suma una dinámica en la que el afán de poder y lucro de las élites se vuelve cada vez más ilimitado y destructivo. Estas conductas se manifiestan en la actualidad de forma clara desde la Casa Blanca. El capitalismo ha abandonado las promesas de progreso y la legitimidad del derecho internacional para sostenerse mediante la administración de la fuerza y la guerra permanente. La hegemonía basada en el consenso se ha debilitado y deja ver su rostro más descarnado: la violencia abierta.
El capitalismo, herido por sus crisis recurrentes, ha reemplazado el libre mercado por un mercado convertido en dispositivo coercitivo. A la guerra militar se suman otras formas de violencia: la guerra psicológica, las amenazas constantes, las guerras neocorticales que afectan cuerpo y mente, y la guerra cognitiva, cuyo objetivo es alterar nuestra comprensión de la realidad e influir en nuestras decisiones. Esta violencia creciente no es signo de fortaleza, sino síntoma de agotamiento histórico. El sistema ya no produce soluciones reales; solo administra de manera cada vez más agresiva un desastre que él mismo ha provocado.



De acuerdo!! aunque debemos subrayar que la colonialidad no tiene
interés central en la “ganancia” económica ya que su práctica es altamente inhumana de desprecio a la vida en general un sistema depredador que sigue vivo