Por Luis Guerrero. Segunda parte
En el siglo XXI, las formas de intervención política han cambiado. Las invasiones militares directas resultan cada vez más costosas política y diplomáticamente, mientras cobran fuerza estrategias conocidas como “guerra híbrida”, “golpe blando” o “guerra cognitiva”. Estos conceptos aluden al uso combinado de presión mediática, desinformación, operaciones psicológicas, judicialización política (lawfare), campañas digitales, manipulación algorítmica, desgaste institucional y polarización social.
El objetivo no necesariamente consiste en derrocar de manera inmediata a un gobierno, sino en erosionar gradualmente su legitimidad, generar desencanto social y debilitar el respaldo popular. En América Latina, diversos gobiernos identificados con proyectos nacionalistas, progresistas o de izquierda han denunciado este tipo de prácticas. Entre ellos suelen mencionarse Brasil, Colombia, México, Bolivia y Venezuela, cuyos gobiernos han sostenido que enfrentan campañas permanentes de desgaste político y mediático.
En el caso mexicano, la narrativa del “narcoestado” ha ocupado un lugar central en la disputa pública reciente. Declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump, así como señalamientos de actores opositores nacionales y figuras empresariales como Claudio X. González Guajardo o Ricardo Salinas Pliego, han contribuido a posicionar esta narrativa en medios y redes sociales.
No se niega la existencia de problemas de seguridad, corrupción o infiltración criminal en niveles municipales y de las entidades federativas, e incluso se documentaron a nivel federal en el sexenio de Felipe Calderón. Sería irresponsable no reconocer dicho flagelo. Sin embargo, lo que se cuestiona es la magnificación selectiva de ciertos fenómenos y la construcción de una percepción permanente de colapso institucional, aun cuando existen indicadores que muestran avances significativos en determinadas áreas.
La disputa contemporánea no ocurre únicamente en el terreno electoral o institucional; también se libra en el ámbito mediático y simbólico. La percepción pública, el manejo emocional de la información y la construcción de narrativas se han convertido en factores centrales de gobernabilidad.
Durante los últimos años, el gobierno mexicano ha destacado indicadores como la reducción de homicidios dolosos, el decomiso de drogas sintéticas, la destrucción de laboratorios clandestinos y el aseguramiento de armas. A esto se suma la implementación, desde el sexenio pasado, de programas sociales orientados a atender las causas de la delincuencia y a disminuir la pobreza.
De acuerdo con cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), alrededor de 13.4 millones de personas habrían salido de condiciones de pobreza durante el sexenio anterior. Organismos internacionales como el Banco Mundial también han reconocido mejoras en indicadores sociales y de ingreso, aunque mantienen observaciones sobre informalidad o crecimiento económico.
En materia de seguridad, el gobierno federal sostiene que entre septiembre de 2024 y abril de 2026 se registró una reducción cercana al 40% en homicidios dolosos, además del aseguramiento de miles de armas y la destrucción de 2300 laboratorios clandestinos vinculados al narcotráfico. Asimismo, la consolidación de la Guardia Nacional, con alrededor de 130 mil elementos, ha sido presentada como parte central de la estrategia de seguridad.
Sin embargo, para la llamada comentocracia, dichos avances son insuficientes o estadísticamente discutibles. El debate por tanto no gira únicamente en torno a los datos, sino que también se impulsa la discusión alrededor de la interpretación política de los mismos. Para dejar en un plano secundario los avances efectivos del país, en la gestión de los gobiernos de la transformación.
La comunicación política contemporánea se desarrolla en un entorno de hiperconectividad e intentos reiterados de fortalecer a la oposición mediante mecanismos ya conocidos de sobreexposición informativa. Inmersas en este contexto, las noticias falsas, la manipulación emocional y la amplificación del miedo pueden convertirse en herramientas de desgaste político y confrontación social, lo que demanda de la población un compromiso firme en la lucha contra la desinformación. Hasta la próxima



De acuerdo, la derecha global de manera permanente busca imponer una política de capitalismo salvaje en la que un pequeño grupo el 1%en el
mundo busca mantener el
Poder económico político con una cultura de territorialización, despojo, represión y muerte sin importar más que su ganancia a costa de empobrecer al 99% , por ello sus tácticas y estrategias inhumanas que usan para atacar a los proyectos distintos a sus monstruosos intereses!
Efectivamente, son enemigos de los gobiernos progresistas, defienden la idea de un estado mínimo y un mercado que se regula solo, porque esas ideas benefician al minoritario poder económico.
Existen diferentes maneras de atacar no precisamente con armas, también con comentarios que causan descontrol, más los hechos hablan por si mismos.
Hola Alicia, coincido, la guerra psicológica tiene esos efectos de descontrolar, algunas personas sienten ansiedad .