lunes, 3 agosto 2026
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Los señores de la guerra: ¿psicópatas en el poder?

Por: Luis Guerrero. Primera parte

Es evidente que las guerras no comenzaron con la etapa histórica conocida como modernidad iniciada en 1492 y vigente hasta nuestros días -de acuerdo con el pensamiento descolonial de Dussel-. Lo irrefutable es que su discurso filosófico dio sustento a la economía política, sostén ideológico y encubridor del capitalismo. Este sistema parte de un ser humano individual cuyos apetitos o pasiones se expresan en una afectividad egoísta e irracional, en lucha a muerte con sus semejantes; una jauría de lobos, como pensaba Hobbes: homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre). En la misma línea -aunque con matices- Spinoza afirma que, de acuerdo con su naturaleza, el ser humano singular está determinado por su poder y sus deseos, no por la sana razón.

Dicho de otra manera, bajo esta óptica, los seres humanos son crueles, agresivos y egoístas; viven en un «estado de naturaleza» en permanente guerra de todos contra todos. De aquí que, para «vivir seguro y sin miedo», el individuo deba realizar un pacto, renunciando a parte de su libertad a favor de una autoridad común que garantice orden, paz y seguridad. De esta manera se origina el actual Estado de derecho.

Una vez «resuelta» la irracionalidad autodestructiva de la especie, observemos las «cualidades» del egoísmo que, bajo ninguna circunstancia, representan un problema para la modernidad; al contrario. De acuerdo con el propio interés individual y apelando al egoísmo, dos individuos producen un trueque original. Así se origina el mercado sin que nadie lo planee. En otras palabras: la búsqueda del máximo beneficio y el egoísmo se convierten en virtudes pues, sin la intención explícita de ayudar a la sociedad, se genera un «orden espontáneo», como nos dice Adam Smith.

Con esta perspectiva surge una institución basada en el individualismo y el interés personal. Se observa una coincidencia central con Hobbes: el foco son los individuos, no las comunidades; personas egoístas que, sin embargo, dan un giro fundamental: descubren que la mejor forma de satisfacer sus deseos es el intercambio y el mercado. Además, este se constituye desde abajo, de manera espontánea y «sin necesidad de autoridad», guiado solo por la «mano de Dios» (por supuesto, el Dios protestante calvinista).

De esta manera, el rompecabezas ideológico toma forma. No podemos pasar por alto al iniciador del pensamiento individual, Descartes: el sujeto que se constituye ante sí mismo en su capacidad de reflexión. «Pienso, luego existo»; su propio discurso lo conforma. Habría que agregar a otros pensadores que fundamentaron el actual modo de producción capitalista. Señalo especialmente el discurso europeo como «la cumbre de la razón» según Hegel, además de su supuesto deber de «civilizar» a la periferia. Su filosofía del derecho justifica la instrumentalización de las personas y al Estado como la síntesis donde los intereses privados se vuelven universales. Su historia universal, impuesta al resto del mundo, es el corazón del eurocentrismo que ubica a Europa en el centro del planisferio.

Retomamos lo anterior debido a su vigencia en el pensamiento actual, aun cuando la ciencia ha demostrado que ese individualismo originario no es un dato empírico, sino un modelo formal hipotético. Los seres humanos siempre hemos vivido en comunidad; somos seres sociales. Es fácil observar en la naturaleza a los mamíferos viviendo en comunidad; incluso los lobos lo hacen.

Lo que pretendemos exponer es que los sistemas económicos o formaciones sociales poseen un discurso justificador: el esclavismo se justificó en una presunta inferioridad natural (en África «el espíritu» no había despertado y había que hacerlos entrar a la historia); en el medievo, la opresión se justificó en el «orden natural y divino»; la Conquista se explicó como una misión para «salvar el alma» de los indígenas.

De esta manera se justifica la arbitrariedad que, en sus consecuencias más devastadoras, se traduce en genocidios, como el caso del pueblo palestino, víctima de Israel y EE. UU. Pero, como observamos líneas arriba,

aunque las guerras no surgieron en la modernidad, esta hizo posible la colonización. Con ella eclosionó el capitalismo y su necesidad de destruir a la comunidad cobró sentido, pues el sistema requiere sujetos desterritorializados y desposeídos de sus formas de vida, obligados a vender lo único que les queda: su propia corporalidad. De aquí que el capital sea vida hecha objeto, producto de la venta de mercancías (trabajo vivo objetivado). Las personas son cosificadas, convertidas en mercancía y utilizadas como medios para la acumulación de capital.

Es pertinente señalar que el capitalismo no solo produce mercancías, también produce conciencias: personas que viven en una tensión permanente entre su existencia humana y su regreso a una existencia animal sustraída de la naturaleza. De acuerdo con Erich Fromm, todas las pasiones e impulsos son intentos de hallar solución a la propia existencia. Aunque el ser humano tuviera todos sus satisfactores fisiológicos cubiertos, sentiría su soledad como una cárcel de la que debe escapar para conservar el equilibrio mental.

La necesidad de vincularse con otros seres vivos es imperiosa. Uno puede unirse sometiéndose a otra persona, a un grupo, a una institución o a la divinidad. Otra solución para vencer la angustia del aislamiento es intentar integrarse con el mundo mediante el dominio y el poderío. Sin embargo, esto no libera jamás de la hostilidad: someter (sadismo) o someterse (masoquismo) genera una sensación de unión, pero no de integridad; solo genera dependencia. Solo hay una pasión que genera integridad e individualidad: el amor. El amor es una orientación productiva, activa y creadora; es la unión de la persona con su prójimo, consigo misma y con lo vivo, con la naturaleza. No se trata solo de la pareja o la familia; lo importante es la cualidad del amor, no el objeto. Lo contrario es el egoísmo: un afecto insaciable que surge como compensación psíquica ante la falta de amor por uno mismo. Hasta la próxima.

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