Por Luis Guerrero. Tercera y última parte
En las dos anteriores entregas, subrayamos la importancia del diálogo como un procedimiento para reunir a las personas de una comunidad para hablar, escucharse, construir lazos de confianza encaminados a lograr un grupo unido, participativo y solidario; se trata de recuperar las ideas, las explicaciones y las propuestas expresadas por el colectivo, con el propósito de realizar mejoras en la convivencia, identificar problemas comunes, tomar acuerdos al respecto, resolver de manera pacífica los desencuentros o conflictos, entre otros propósitos de interés social. En el marco del respeto recíproco, la inclusión, la consideración de lineamientos básicos que consideren el compromiso, la responsabilidad, la escucha activa, la cooperación, la apertura libre de prejuicios, entre otros aspectos que abonan a la integración comunitaria.
Señalamos la importancia de fijar un mínimo de reglas o procedimientos que faciliten las formas de comunicación en las reuniones o asambleas de la comunidad política y un conjunto de principios válidos para cualquier tipo de organización (ecológica, feminista, de colonos, profesores, entre otras diversas); de las pautas destacamos nombrar a una persona facilitadora, que ponga a la consideración del grupo la aprobación mayoritaria de una lista de asuntos a tratar -orden del día-; verifique el respeto en el turno de la palabra y los tiempos en su uso; evite dispersiones, solicitando a los participantes centrarse en el punto que se discute; consulta la comprensión del tema o verifica si el asunto está suficientemente discutido; pide el voto o el pronunciamiento de la asamblea en torno a los acuerdos, privilegiando en lo posible el consenso, pensado como el consentimiento de todos o en su defecto, el de la mayoría.
De los principios de la organización indicamos el democrático, el principio de vida y el de factibilidad, del primero destacamos que, sin democracia, no hay igualdad o simetría en la participación, se desvirtúa el debate, el conocimiento y la discusión de los argumentos, además se entorpece la toma de acuerdos; se favorece la manipulación, el autoritarismo, el beneficio individual en contra del colectivo; el principio material o de vida, refiere a la invalidez de cualquier acuerdo que esté en contra de desarrollar y mejorar las condiciones de vida de los participantes, por ejemplo, una comunidad escolar que decida retirar la asignatura de ética o civismo de su mapa curricular, estará en contra de la formación integral del estudiante, por tanto es una decisión inválida, pues la formación cívica del alumnado permitirá contar con ciudadanos responsables, críticos, comprometidos con el crecimiento de la comunidad.
El tercer principio, se relaciona con la parte instrumental de la política, la de operar los acuerdos, no todos los propósitos son realizables, se tienen que evaluar las condiciones económicas, políticas, sociales, ecológicas, históricas, etcétera; para decidir proyectos que tengan viabilidad; en ese orden de ideas, un proyecto que pretenda municipalizar el servicio eléctrico, enfrentará una dificultad económica, que impedirá su realización, de aquí que las metas de la organización, se articulan y coordinan con el imperativo ético condensado en los principios, con el proyecto general de la organización, el método -el camino para llegar al objetivo- y los medios a emplear. Lo anterior es válido también en diferentes niveles de gobierno, las instituciones deben someterse a los principios, una autoridad separada de su base social, se torna independiente, se convierte en un poder absoluto, pierde todo legitimidad, sus acciones serán inválidas y se volverán contra el pueblo.
En ese orden de ideas, en el nivel institucional -incluye al ejecutivo- se deben articular los principios, entrelazarlos; las acciones deben ser posibles, democráticas y siempre pensadas en el mayor beneficio para los representados, que son la fuente del poder, la finalidad única, es decir no son medios para el beneficio o el enriquecimiento individual o de grupo. En tal caso, se manifiestan como enemigos del diálogo, lo controlan, limitan la libertad de las ideas, las imponen con un único significado de la realidad social unívoca y fuera de ello la nada. “La imposibilidad” de crear otro mundo, particularmente, en un sistema o totalidad económica-política, cuyo criterio fundamental es el incremento de la tasa de ganancia, no la humanidad; alineará sus instituciones para legitimar el lucro, creará la sensación de una libertad subjetiva de lograr el “éxito económico” a través de los méritos personales, el “echaleganismo”, que tanta frustración causa a las personas, “discurso mareador” que puede fomentar el egoísmo, el egotismo, el egocentrismo, hacer plausible la acumulación, atropellando a quién sea, o la “libertad” de vender-se, en lo que sea.
“Libertad” de los gobiernos, definida por el tamaño del propio ejército, de la violencia de las armas, de vender sin escrúpulos, de vivir de la muerte del otro, “darwinismo social” “justificante” de la ley del más fuerte, del colonialismo, del racismo, de la supervivencia del más apto y el deber de desaparecer del “débil”. Lo opuesto, la antítesis, es lo que planteamos: el respeto, de respicere, considerar al otro, la responsabilidad, de respondere, dar respuesta al llamado del otro; es una perspectiva en el que el propio yo, no se conforma en la afirmación de mi voz, es la escucha de palabra ajena, dejar que el mensaje me interrogue, me transforme, no soy un yo cerrado, soy un yo expuesto, que deviene sujeto, que se conforma con el otro, yo soy yo, en la medida de mi responsabilidad con el otro, que puede ser el estudiante infante, con diferente ritmo de aprendizaje, que puedo excluir, pero si le respondo, entonces seré profesor, el otro me da forma, de la misma manera, amar al prójimo como a ti mismo, no te convierte en la medida del amor del otro, el amar a otro, te humaniza, te constituye como sujeto.


