Por: Luis Guerrero. Cuarta y última parte.
Para comprender a fondo la potencia política implícita en las Escrituras, resulta indispensable analizar cómo Jesús se opuso activamente a las interpretaciones legalistas de su tiempo. Por ejemplo, al sanar a una persona ciega en sábado —día en el que, según una interpretación rígida de la Ley, no debía realizarse ninguna obra—, las autoridades religiosas lo catalogan como un transgresor, poniendo en tela de juicio su origen divino: ¿cómo alguien que viene de Dios puede violar su Ley?, ¿cómo puede un pecador realizar tales señales? Al humedecer el barro con saliva para curar a un ciego, los legalistas consideran que realiza una actividad prohibida. El conflicto de fondo radica en definir quién interpreta correctamente la Ley de Moisés. En los relatos evangélicos de las controversias sobre el sábado, Jesús responde con una pregunta contundente: «¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o destruirla?».

Para Jesús, la vida tiene prioridad absoluta. De aquí se desprende que el criterio preponderante no es la norma por la norma misma, sino la vida de la persona; por eso afirma que «el sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado». La Ley es un medio al servicio de la comunidad; una mediación orientada a producir y reproducir la vida. En caso contrario, cuando la norma se convierte en el criterio único de justificación, se absolutiza y se vuelve autorreferente. O, como afirma Enrique Dussel, la ley se fetichiza: se invierte el orden de las cosas y la norma, creada originalmente para asegurar la supervivencia, termina sacrificando a los sujetos concretos.
Es en este punto donde estalla el conflicto contemporáneo entre legalidad y legitimidad. La legalidad del Imperio romano o del Egipto faraónico era inherentemente excluyente. Por tanto, en el acontecimiento mesiánico se produce el derrumbe de la legitimidad de ese orden jurídico, pues pretendía presentarse como una justificación absoluta y un fundamento único, cuando su base real era la opresión. Toda norma autorreferente que impida el desarrollo o el crecimiento de la vida debe ser rechazada como ilegítima en cualquier contexto, incluido el actual.
En esta misma lógica se pronuncia Karl Marx en la Introducción para la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, al sostener que la crítica de la religión culmina en el imperativo de subvertir todas aquellas relaciones en las cuales el ser humano es un ser envilecido, humillado, abandonado o despreciado. Nótese que el texto habla de la crítica de la religión y no simplemente de una crítica a la religión; es decir, puede interpretarse que, al igual que Pablo o Jesús, Marx conserva elementos de la tradición profética que cuestiona toda forma de idolatría cuando esta legitima relaciones de dominación.
En consonancia con ello, Jesús señala en el evangelio: «Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Juan 10:10). Dussel asume este principio en su filosofía política al establecer que el primer criterio de verdad de toda acción e institución política es el principio material de la vida. Si una institución —por ejemplo, una institución educativa— excluye y no desarrolla las capacidades de sus estudiantes, su práctica carece de legitimidad; se convierte en simulación, burocracia o mera apariencia, pero, en estricto sentido, deja de ser política. Toda acción política legítima debe subsumir tres principios éticos fundamentales: el material (la vida), el formal (la democracia) y el de factibilidad (la viabilidad).
En esta misma línea, el economista y filósofo Franz Hinkelammert sostiene que ninguna ley, ningún mercado, ningún Estado y ninguna economía son legítimos si destruyen la naturaleza —condición de posibilidad de la existencia humana— o si atentan contra la vida. El criterio último de legitimidad no es la eficacia, la ganancia o la legalidad formal, sino la producción y reproducción de la vida comunitaria.
Desde luego, para los dominadores de los grandes imperios y para aquellas formas de la racionalidad moderna occidental que absolutizan el orden vigente, resulta imposible aceptar estas conclusiones. Su comprensión de la política les impide concebir el momento negativo por excelencia: la suspensión de un orden injusto y la irrupción, desde la exterioridad del sistema, de los oprimidos como sujetos de transformación histórica. Ese movimiento de liberación les resulta inconcebible dados sus fundamentos filosóficos, además, porque han sacralizado sus propios fetiches. Sus verdaderos dioses son el Mercado, el Capital y el Dinero; deidades frente a las cuales hoy es imperativo ser profundamente ateos, con la misma radicalidad con la que la comunidad mesiánica original fue atea de los dioses del Imperio romano.



Existe todo tipo de persona, algunas que aprovechan las escrituras de la biblia hablando de Dios y de su hijo Jesús para adentrar ideas sumamente perturbadoras al fanatismo, obteniendo beneficios particulares sin importar la afectación que pueda esto causar, lo mismo ocurre en lo político con palabras sumamente convencedoras.
De acuerdo Alicia, hay quienes emplean las Escrituras con propósitos instrumentales. Pero también la filosofía política extrae conceptos y categorías críticas útiles para hacer consciencia y la comunidad de creyentes la piensa como sagradas y como “alimento para el alma”.
La instrumentalización de la Bíblia y las creencias en beneficio personal o de grupo. De acuerdo con tu reflexión. Saludos.