Por Luis Guerrero. Tercera y última parte
Tras analizar la crisis estructural y el agotamiento del modelo nortecentrista, es necesario profundizar en la subjetividad de quienes ejercen el mando. Si el sistema se torna violento para sobrevivir, ¿es porque sus líderes han perdido todo rastro de humanidad?
Más bien poseen un carácter necrófilo, atraídos por la destrucción, la dominación y la muerte, opina Fromm; con rasgos de sadismo manifiesto como goce en dominar y destruir. Es la pulsión de muerte descrita por Freud -en su intercambio de cartas con Einstein, a propósito de la guerra-: un impulso agresivo profundo que los líderes políticos movilizan para generar agresividad colectiva. Aunque en EE. UU. la actual intervención militar contra Irán es rechazada por la mayoría, en otros momentos se avala la acción bélica, como una forma de reducir la angustia proyectándola hacia el enemigo. Es una agresividad ligada al narcicismo del “yo”, según Lacan, y al narcicismo colectivo que se constituye comparándose con otros como potenciales rivales. O antagonistas como producto de las fantasías, señala Žižek, como compensación psicológica al transformar la violencia en acto moral, justificando la destrucción como necesidad ética. Una ética deformada e insuficiente: una ética formal.
En el lado opuesto está la ética fundamentada en la vida de las personas excluidas y víctimas de la irracionalidad: la ética de la filosofía de la liberación, que tiene como principio la producción y reproducción de la vida (biofilia, diría Fromm). La guerra es la expresión de patologías del poder que atraviesan la cultura, la economía y la política. Se constituye en un trauma psicosocial que afecta, infancias, familias y comunidades. Como una normalización de la violencia y pérdida de sensibilidad frente al sufrimiento —advierte Martín-Baró—; la instalación del miedo como herramienta de control de la derecha, a lo que se agrega el odio y el resentimiento. En contra parte, el pensador Bar-Tal propone cambios psicológicos para la paz: reconocer el sufrimiento del otro, modificar narrativas históricas y reducir la demonización del adversario, pues sin transformación psicológica colectiva, no hay futuro para los acuerdos de paz.
Las guerras se sostienen por las armas y los intereses, pero también por sistemas de creencias y narrativas que legitiman el enfrentamiento: el “ethos del conflicto”. La conflagración moderna comienza en la conciencia, en la construcción del enemigo y en la manipulación emocional de las masas. Aquí, la capacidad de destruir se convierte en fuente de identidad y orgullo. Es una deshumanización tecnocrática donde las víctimas no tienen rostro, son “daños colaterales” en una pantalla; un asunto técnico de datos y cálculos estratégicos donde el sacrificio de vidas humanas se sustenta en la estrategia. Esto es lo que Albert Bandura llama desconexión moral o desplazamiento de la responsabilidad.
En realidad, pueden verse como patrañas, manipulación y mentira, el común denominador para intentar hacer parecer a la guerra como racional, cuando es una patología social promovida por minorías enfermas y vacías, con un profundo sentimiento de aislamiento que se expresa en su deseo de control, dominación o avaricia insaciable. ¿Psicópatas en el poder? La mejor respuesta la tendrán las personas lectoras; pero abonamos algunos rasgos propios de una personalidad psicopática: falta de empatía, ausencia de culpa, manipulación, capacidad de tomar decisiones dañinas sin angustia moral y frialdad emocional. “Tirar bombas por diversión”, dice Trump. Puedo estar equivocado, pero parece que dicho discurso encaja, en un texto histórico: “sepulcro abierto es su garganta, con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios (…) sus pies se apresuran para derramar sangre”.


