Por Luis Guerrero
Para mi nieta querida, Dary Ximena Santiago Guerrero. Como una forma de contribuir al debate escolar
La violencia contra las mujeres no comienza con un golpe; empieza mucho antes: con la intimidación, los celos, la sospecha, incluso con la indiferencia. La broma que normaliza, el estereotipo que reduce, el control del arreglo personal o del teléfono; la idea -aparentemente inofensiva- de que “así han sido siempre las cosas”. Esa normativización es la forma más eficaz del poder. El patriarcado no es solo una palabra incómoda en el debate público; es un orden histórico que ha colocado a los hombres en posición de dominio y ha definido a las mujeres desde la subordinación. Pero esa estructura no opera en el vacío. Se entrelaza con la economía, con la raza, con la clase social y con la herencia colonial. A ese cruce de desigualdades lo llamamos interseccionalidad.
No todas las mujeres viven la opresión de la misma manera. No es lo mismo ser mujer con privilegios económicos que ser mujer pobre; no es lo mismo ser mujer blanca que ser mujer indígena o afrodescendiente. La radicalización del género -una construcción social impuesta- se cruza con la raza y con la clase; en ese cruce la desigualdad se multiplica. Desde la modernidad europea se construyó el mito de la “civilización avanzada”: una narrativa de progreso lineal que colocó a Europa como medida de lo humano. Bajo esa lógica, lo masculino, blanco y occidental fue presentado como racional y superior; lo femenino y no blanco quedó asociado a lo inferior o a lo atrasado. Como explicó Aníbal Quijano, esa “colonialidad del poder” -vigente hasta nuestros días- no solo organizó la economía mundial, sino que también clasificó a las personas, jerarquizó cuerpos y legitimó desigualdades.
La mujer racializada fue doblemente inferiorizada: por su género y por su color de piel; se le negó la feminidad idealizada atribuida a la mujer blanca y, al mismo tiempo, se le hipersexualizó. Esa narrativa justificó esclavitudes, abusos y explotación. Y aunque hoy cambien los discursos, la lógica de cosificación persiste. El machismo cotidiano -el control sobre el cuerpo femenino, la violencia doméstica, la brecha salarial, la sexualización temprana- no es un hecho ocasional. Es la expresión íntima de una estructura más amplia. Cuando el poder económico se combina con esa lógica, el resultado es devastador. El caso de Jeffrey Epstein mostró cómo redes de privilegio pueden convertir el cuerpo de niñas y mujeres en mercancía, protegidos por pactos de silencio y complicidades entre élites. No se trata solo de delitos individuales; es la evidencia de una cultura que cosifica, agravada por el poder económico.
Pero no hace falta mirar únicamente a las altas esferas. La violencia también habita el espacio doméstico, especialmente donde hay dependencia económica. Allí, el control sobre la vida y el cuerpo de la mujer se ejerce como si fuera un derecho natural. La interseccionalidad nos obliga a mirar con mayor profundidad; nos recuerda que la desigualdad no es uniforme y que quienes están en el cruce de varias discriminaciones son quienes enfrentan las formas más duras de violencia. Ignorar esto es simplificar el problema; comprenderlo es dar el primer paso hacia su transformación. Y aquí es donde la educación se vuelve decisiva. No basta con leyes -aunque sean necesarias- no basta con condenas públicas -aunque sean urgentes-; se requiere una formación ética que cuestione la idea de dominio como sinónimo de poder. Una educación que enseñe a reconocer la dignidad del Otro, que desmonte mitos de superioridad racial o de supremacía masculina, que forme hombres capaces de renunciar al privilegio injusto y mujeres capaces de ejercer plenamente su autonomía.
La violencia contra las mujeres no es una expresión casual ni una eventualidad incidental, es cotidiana, sistemática y muchas veces invisible, esa normalización es quizás su forma más peligrosa; explicar a detalle las formas de utilización de las personas -como un medio para los fines personales- es un imperativo ético de madres, padres de familia y del profesorado. Hacer pedagógicas la diversidad de formas de aprovecharse de las personas, de victimizarlas, de aniquilar su voluntad libre e informada, así como las múltiples consecuencias físicas y emocionales de los abusos, es abonar a la justicia, es humanizar, es comprender la necesidad imperativa de nombrar y explicitar las formas de agravio, como una forma de contribución a la prevención. Lo anterior demanda voluntad colectiva, reflexión crítica y una transformación cultural que comience en las familias, continúe en las aulas y se consolide en todas las instituciones.
De la misma manera tematizar la interseccionalidad no es un asunto únicamente académico, es una lente ética para mirar la realidad sin evasiones; observarla con honestidad y explicarla, es un acto de equidad y de reconocimiento de la arbitrariedad social, que contribuye al respeto a las personas vulnerables. Asimismo, se hace necesario visibilizar al patriarcado -ese orden social que coloca a los hombres en posición de dominio- no sólo afecta a las mujeres; también modela a los hombres, los endurece, los educa en la competencia y en la idea de que el poder es control. Es una expresión del machismo cotidiano -los chistes misóginos, los estereotipos, la referencia a las mujeres reduciéndolas a una parte del cuerpo femenino, son formas de humillación; no son fenómenos fortuitos, es la manifestación de la violencia cotidiana arrogante-. Es a su vez, la revelación doméstica de una estructura global. El patriarcado heterosexual y homofóbico, que no sólo ordena las relaciones íntimas; organiza instituciones, economías y discursos. Lo anterior se tiene que traducir en una crítica profunda al discurso, al proyecto civilizatorio, conocido presuntuosamente como modernidad.



Excelente artículo, gracias.
Muchas gracias
MI QUERIDO AMIGO LUIS FELICIDADES POR TU EXCELENTE TRAZADO Y SEÑALAR LAS DESIGUALDADES. COMO BIEN LO DICES MALAMENTE SE HAN NORMALIZADO.
UN ABRAZO
Muchas gracias querido amigo
Excelente aportación
Falta agregar que el camino aún es largo, y en muchas ocasiones tortuoso, hacia una verdadera equidad.
Hace falta dar un salto, del reconocimiento teórico, analítico o académico, hacia un cambio real en el trato a la mujer. Un cambio actitudinal en las relaciones que se entablan con cualquier mujer; en el área educativa, laboral o familiar.
No es suficiente con reconocer el problema, hace falta incidir en éste, de manera activa, propositiva y principalmente comportamental.
Muchas felicidades y gracias por compartirlo
De acuerdo, hay muchas tareas pendientes. Muchas gracias por las reflexiones.
Excelente artículo
Entre más información para beneficio en donde los hombres se puedan vivir con una masculinidad más flexible y empatía, y las mujeres nos podamos vivir con una feminidad más flexible e íntegra, entonces habrá más personas que en su individualidad serán mas responsables de sí mism@s
En los adultos es cambiar las creencias patriarcales
En los nuevos niños y niñas es sembrar nuevos valores
Efectivamente, tenemos tarea, creo indispensable el aporte de las autoridades, particularmente en la institución educativa. Gracias, por compartir experiencias reflexivas.
Excelente artículo
A seguir difundiendo más conocimiento que se viva en la manifestación diaria de valores que integren una mejor manera de vivirnos como nuevas masculinidades y feminidades.
Muchas gracias